La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 16

 

Continuemos.

13. Ira. Tal vez le sorprenda hallar cuán frecuentemente la Biblia habla de la ira de Dios. Sin embargo, si Dios ama todo lo que es justo y bueno, y todo lo que se con­forma a su carácter moral, no debería sorprendernos que deteste todo lo que vaya contra su carácter moral. La ira de Dios dirigida contra el pecado está, por consi­guiente, estrechamente relacionada con la santidad y justicia de Dios. La ira de Dios se puede definir como sigue: La ira de Dios quiere decir que él detesta intensamente todo pecado.

En los pasajes narrativos de la Biblia se encuentra frecuentemente descripcio­nes de la ira de Dios, especialmente cuando el pueblo de Dios peca grandemente contra él. Dios ve la idolatría del pueblo de Israel y le dice a Moisés: «Ya me he dado cuenta de que éste es un pueblo terco… Tú no te metas. Yo voy a descargar mi ira sobre ellos, y los voy a destruir» (Éx 32:9-10). Más adelante Moisés le dice al pue­blo: «Recuerda esto, y nunca olvides cómo provocaste la ira del Señor tu Dios en el desierto. … A tal grado provocaste su enojo en Horeb, que estuvo a punto de destruirte» (Dt 9:7-8; 29:23; 2 R 22:13).

La doctrina de la ira de Dios en la Biblia, sin embargo, no está limitada al Anti­guo Testamento. Leemos en Juan 3:36: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios». Pablo dice: «Ciertamente, la ira de Dios viene revelándose desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos» (Ro 1:18; 2:5, 8; 5:9; 9:22; Col 3:6; 1 Ts 1:10; 2:16; 5:9; Heb 3:11; Ap 6:16-17; 19:15). Muchos otros versículos del Nuevo Testa­mento también indican la ira de Dios contra el pecado.

Como con los demás atributos de Dios, éste es un atributo por el cual debemos agradecer y alabar a Dios. Tal vez no nos parezca de inmediato cómo se puede ha­cer esto, puesto que la ira parece ser un concepto tan negativo. Vista sola, desper­taría sólo temor y pavor. Sin embargo es útil que preguntemos lo que sería Dios si fuera un Dios que no detesta el pecado. Sería un Dios que o bien se deleitaría en el pecado, o por lo menos no le molestaría. Tal Dios no sería digno de nuestra adora­ción, porque el pecado es aborrecible y merece que se le deteste. El pecado no debe­ría ser. En verdad es una virtud detestar el mal y el pecado (Heb 1:9; Zac.8:17; etc.), y nosotros correctamente imitamos este atributo de Dios cuando sentimos aborrecimiento contra la perversidad, la injusticia y el pecado.

Todavía más, como creyentes no debemos temer la ira de Dios, porque aun­que «como los demás, éramos por naturaleza objeto de la ira de Dios» (Ef 2:3), he­mos confiado en Jesús, quien «nos libra del castigo venidero»  (1ºTs.1:10;  Ro.5:10). Cuando meditamos en la ira de Dios, nos sobrecoge pensar que nuestro Se­ñor Jesucristo llevó sobre sí la ira de Dios que merecía nuestro pecado, para que nosotros podamos ser salvos (Ro 3:25-26).

Es más, al pensar en la ira de Dios también debemos tener presente su pacien­cia. En el Salmo 103 se mencionan juntas la paciencia y la ira: «El Señor es… lento para la ira y grande en amor. No sostiene para siempre su querella ni guarda rencor eternamente» (Sal 103:8-9). De hecho, la demora de la ejecución de la ira de Dios sobre el mal es con el propósito de conducir a los seres humanos al arrepentimien­to (Ro 2:4).

Así que cuando pensamos en la ira de Dios que vendrá, debemos simultánea­mente estar agradecidos por su paciencia al esperar para ejecutar esa ira a fin de que más personas puedan salvarse: «El Señor no tarda en cumplir su promesa, se­gún entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene paciencia con ustedes, por­que no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan. Pero el día del Señor vendrá como un ladrón. En aquel día los cielos desaparecerán con un es­truendo espantoso, los elementos serán destruidos por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será quemada» (2 P 3:9-10).

La ira de Dios debería motivar­nos a la evangelización y debería hacernos estar agradecidos de que Dios finalmen­te castigará toda maldad y reinará sobre nuevos cielos y una nueva tierra en los cuales no habrá ninguna injusticia.

 

D. Atributos de Propósito.

Son atributos que tienen que ver con la toma y ejecución de decisiones (voluntad, libertad y omnipotencia) y sus atributos sumarios (perfección, bienaventuranza, belleza y gloria).

En esta categoría de atributos consideraremos primero la voluntad de Dios en general, luego la libertad de la voluntad de Dios, y finalmente la omnipotencia (o poder infinito) de la voluntad de Dios.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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