La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 4

 

Continuemos.

Cuando nos damos cuenta de que Dios es la perfección de todo lo que anhela­mos o deseamos, que él es la suma de todo lo hermoso o deseable, nos damos cuenta de que el más grande gozo de la vida venidera será que «le veremos cara a cara». A este ver a Dios «cara a cara» se le ha llamado visión beatífica, lo que quiere decir «visión que nos hace bienaventurados o felices» («beatífica» tiene dos pala­bras latinas, beatus «bienaventurado», y faceré «hacer»).

Mirar a Dios nos cambia y nos hace como él: «seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como él es» (1 Jn 3:2; 2 Co 3:18). Esta visión de Dios será la consumación de nuestro conocer a Dios y nos dará pleno deleite y gozo por toda la eternidad: «Me llenarás de alegría en tu presencia, y de dicha eterna a tu derecha» (Sal 16:11).

 

B. Atributos Mentales.

3. Conocimiento (u Omnisciencia). El conocimiento de Dios se puede definir como sigue: Dios se conoce plenamente a sí mismo y todas las cosas reales y posibles en un solo acto sencillo y eterno.

Eliú dijo que Dios es «conocimiento perfecto» (Job 37:16), y Juan dice que Dios «lo sabe todo» (1 Jn 3:20). A la cualidad de saberlo todo se llama omnisciencia, y debido a que Dios lo sabe todo, se dice que es omnisciente (es decir: «lo sabe todo»).

La definición dada arriba explica la omnisciencia con más detalle. Dice primero que Dios se conoce completamente a sí mismo. Este es un hecho asombroso pues­to que el propio ser de Dios es infinito e ilimitado. Por supuesto, sólo el que es infi­nito puede conocerse a sí mismo completamente en todo detalle. Este hecho lo implica Pablo cuando dice: «El Espíritu lo examina todo, hasta las profundidades de Dios. En efecto, ¿quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Asimismo, nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios» (1 Co 2:10-11).

Esta idea también la sugieren la afirmación de Juan de que «Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad» (1 Jn 1:5). En este contexto «luz» parece sugerir pureza moral y pleno conocimiento o conciencia. Si «no hay ninguna oscuridad» en Dios, sino que él es enteramente «luz», entonces Dios en sí mismo es a la vez santo y también enteramente lleno de conocimiento propio.

La definición también dice que Dios sabe «todas las cosas presentes». Esto quiere decir todas las cosas que existen y todo lo que sucede. Esto se aplica a la creación, porque Dios es el único de quien se dice: «Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de ren­dir cuentas» (Heb 4:13; 2 Cr 16:9; Job 28:24; Mt 10:29-30).

Dios conoce también el futuro, porque él es el que puede decir: «Yo soy Dios, y no hay ningún otro, yo soy Dios, y no hay nadie igual a mí. Yo anuncio el fin desde el principio; desde los tiempos antiguos, lo que está por venir» (Is 46:9-10; 42:8-9 y frecuentes pasajes en los profetas del Antiguo Testamento). Él sabe los detalles más diminutos de  cada uno de nosotros, porque Jesús nos dice: «su Padre sabe lo que ustedes necesi­tan antes de que se lo pidan» (Mt 6:8), y, «él les tiene contados a ustedes aun los cabellos de la cabeza» (Mt 10:30).

En el Salmo 139 David reflexiona sobre el asombroso detalle con que Dios co­noce nuestras vidas. El conoce nuestras acciones y pensamientos: «Señor, tú me examinas, tú me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun a la distancia me lees el pensamiento» (Sal 139:1-2). Él sabe las palabras que hemos de hablar antes de que las digamos: «No me llega aún la palabra a la lengua cuando tú, Señor, ya la sabes toda» (Sal 139:4). Él conoce los días de nuestra vida incluso antes de que nazcamos (Sal 139:16).

La definición de conocimiento de Dios que se da arriba especifica que Dios sabe «todas las cosas posibles». Esto es porque hay algunas ocasiones en la Biblia en las que Dios da información sobre acontecimientos que pudieran suceder pero que en realidad no tuvieron lugar. Por ejemplo, cuando David huía de Saúl rescató a la ciudad de Queilá de los filisteos y se quedó por un tiempo allí. Decidió preguntarle a Dios si Saúl iría a Queilá para atacarlo y, si Saúl iba, si los hombres de Queilá lo entregarían en manos de Saúl. David dijo:

¿Es verdad que Saúl vendrá, según me han dicho? Yo te ruego, Señor, Dios de Israel, que me lo hagas saber.

—Sí, vendrá —le respondió el Señor.

David volvió a preguntarle:

—¿Nos entregarán los habitantes de Queilá a mí y a mis hombres en manos de Saúl?

Y el Señor le contestó: —Sí, los entregarán.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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