La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 8

 

Continuemos.

Podríamos preguntar qué significa ser el Dios verdadero a diferencia de otros seres que no son Dios. Debe querer decir que Dios en su propio ser o carácter es el único que plenamente se ajusta a la idea de lo que Dios tiene que ser; es decir, un ser que es infinitamente perfecto en poder, en sabiduría, en bondad, en señorío so­bre el tiempo y el espacio, y cosas por el estilo.

Pero podríamos preguntar también, ¿idea de quien es esta idea de Dios? ¿A qué idea de Dios debe uno ajustarse a fin de que sea el Dios verdadero?

En este punto el curso de nuestro pensamiento se vuelve en cierto sentido cir­cular, porque no debemos decir que un ser debe ajustarse a nuestro concepto de lo que Dios debería ser a fin de que sea el Dios verdadero. ¡Nosotros no somos más que criaturas! ¡Nosotros no podemos definir cómo debe ser el verdadero Dios! Así que debemos decir que es Dios mismo quien tiene la única idea perfecta de cómo debe ser el verdadero Dios. Y él mismo es el verdadero Dios porque en su ser y ca­rácter perfectamente se ajusta a su propio concepto de lo que debe ser el verdadero Dios.

Además, él ha implantado en nuestras mentes un reflejo de su propia idea de lo que debe ser el verdadero Dios, y nos capacita para reconocerlo como Dios.

La definición dada arriba también afirma que todo el conocimiento de Dios es verdadero y es la norma final de la verdad. Job nos dice que Dios es «perfecto en co­nocimiento» (Job 37:16). Decir que Dios sabe todas las cosas y que su conocimiento es perfecto es decir que él nunca se equivoca en su percepción o comprensión del mundo; todo lo que él sabe y piensa es verdadero y es una percepción correcta de la naturaleza de la realidad. Es más, puesto que Dios sabe to­das las cosas infinitamente bien, podemos decir que la norma del verdadero conocimiento es la conformidad al conocimiento de Dios. Si pensamos lo mismo que Dios piensa en cuanto a algo en el universo, estamos pensando lo que es cierto al respecto.

Nuestra definición también afirma que las palabras de Dios son a la vez verdad y la norma suprema de la verdad. Esto quiere decir que Dios es confiable y fiel en sus palabras. Con respecto a sus promesas Dios siempre hace lo que promete hacer, y podemos depender que nunca será infiel a sus promesas. Por tanto, «Dios es fiel» (Dt 32:4). De hecho, este aspecto específico de la veracidad de Dios a veces se con­sidera un atributo distinto: La fidelidad de Dios quiere decir que Dios siempre hará lo que ha dicho y cumplirá lo que ha prometido (Nm 23:19; 2 S 7:28; Sal 141:6, etc.).

Se puede confiar en él, y él nunca será infiel a los que confían en lo que él ha dicho. Ciertamente, la esencia de la verdadera fe es tomarle la palabra a Dios y confiar en que hará lo que ha prometido.

Además del hecho de que Dios es fiel a sus promesas, también debemos afir­mar que todas las palabras de Dios en cuanto a sí mismo y en cuanto a su creación corresponden completamente a la realidad. Es decir, Dios siempre dice la verdad cuando habla. Él es «el Dios que no miente» (Tit 1:2), el Dios para quién es imposible mentir (Heb 6:18), el Dios cuyas palabras todas son perfec­tamente «puras» (Sal 12:6), el único de quien se puede decir: «Toda palabra de Dios es digna de crédito» (Pr 30:5).

Las palabras de Dios no son simplemente verdad en el sentido de que se ajustan a alguna norma de veracidad fuera de Dios. Más bien, son la verdad misma; son la norma y definición final de la verdad. Por eso Jesús puede decirle al Padre: «Tu palabra es la verdad» (Jn 17:17).

Lo que se dice de la ve­racidad del conocimiento de Dios también se puede decir de las palabras de Dios, porque se basan en su conocimiento perfecto y reflejan exactamente ese conoci­miento perfecto; las palabras de Dios son «verdad» en el sentido de que son la nor­ma final por la cual se debe juzgar la veracidad; cualquier cosa que se ajusta a las palabras de Dios también es verdad, y lo que no se ajusta a sus palabras no es verdad.

La veracidad de Dios también es comunicable porque nosotros podemos en parte imitarlo al procurar tener conocimiento verdadero en cuanto a Dios y en cuanto a su mundo. Es más, al empezar a pensar pensamientos verdaderos en cuanto a Dios y la creación, pensamientos que aprendemos en la Biblia y al permi­tir que la Biblia nos guíe en nuestra observación e interpretación del mundo natu­ral, ¡empezamos a pensar pensamientos de Dios como él! (Sal 139:17).

El darnos cuenta de esto debe animarnos en la búsqueda del conocimiento en todas las ramas de las ciencias naturales, sociales y las humanidades.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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