La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 9

 

Continuemos.

Podemos afirmar que «toda verdad es verdad de Dios» y re­gocijarnos cada vez que el aprendizaje o descubrimiento de esta verdad se usa de maneras que agradan a Dios. Crecer en conocimiento es parte del proceso de lle­gar a ser más semejantes a Dios o de llegar a ser las criaturas que se ajustan más completamente a la imagen de Dios. Pablo nos dice que cuando nos vestimos de la «nueva naturaleza», esta «se va renovando en conocimiento a imagen de su Creador» (Col 3:10).

En una sociedad que es extremadamente descuidada respecto a la veracidad de las palabras habladas, nosotros como hijos de Dios debemos imitar a nuestro Crea­dor y tener gran cuidado de que nuestras palabras sean siempre veraces. «Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios, y se han puesto el de la nueva naturaleza» (Col 3:9-10). En otro lugar Pa­blo amonesta: «Por lo tanto, dejando la mentira, hable cada uno a su prójimo con la verdad» (Ef 4:25).

Pablo dice que en su propio ministerio procuraba practicar la ab­soluta verdad: «Más bien, hemos renunciado a todo lo vergonzoso que se hace a escondidas; no actuamos con engaño ni torcemos la palabra de Dios. Al contrario, mediante la clara exposición de la verdad, nos recomendamos a toda conciencia humana en la presencia de Dios» (2 Co 4:2). Dios se agrada cuando su pueblo aleja de sí «la perversidad» (Pr 4:24) y habla con palabras que son aceptables no sólo a la vista de la gente sino también a la vista del Señor mismo (Sal 19:14).

Todavía más, debemos imitar la veracidad de Dios en nuestra reacción a la ver­dad y a la falsedad. Como Dios, debemos amar la verdad y aborrecer la falsedad. El mandamiento de no dar falso testimonio contra nuestro prójimo (Éx 20:16), como los demás mandamientos, requiere no meramente conformidad externa sino tam­bién conformidad en actitud de corazón. El que agrada a Dios «de corazón dice la verdad» (Sal 15:2), y procura ser como el justo que «aborrece la mentira» (Pr 13:5). Dios ordena a su pueblo por medio de Zacarías: «No maquinen el mal contra su prójimo, ni sean dados al falso testimonio, porque yo aborrezco todo eso, afirma el Señor.» »(Zac 8:17).

Estos mandamiento se nos dan porque Dios mismo ama la verdad y aborrece la falsedad: «El Señor aborrece a los de labios mentirosos, pero se complace en los que actúan con lealtad» (Pr 12:22; cf. Is 59:3-4). La falsedad y la mentira no proce­den de Dios sino de Satanás, el cual se deleita en la falsedad: «Cuando miente, ex­presa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!» (Jn 8:44). Es apropiado, entonces, que con «los cobardes, los incrédulos, los abomina­bles, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican artes mágicas, los idólatras» que se hallan en «el lago de fuego y azufre» lejos de la ciu­dad celestial, también se hallen «todos los mentirosos» (Ap 21:8).

Así que la Biblia nos enseña que mentir es malo no sólo debido al gran daño que produce (y a menudo mucho más daño viene debido a la mentira de lo que nos da­mos cuenta), sino también por una razón incluso más honda y más profunda: cuando mentimos deshonramos a Dios y rebajamos su gloria, porque nosotros, como creados a imagen de Dios y creados con el propósito de reflejar la gloria de Dios en nuestras vidas, estamos actuando de una manera que es contraria al carácter de Dios.

 

C. Atributos Morales.

6. Bondad. La bondad de Dios quiere decir que Dios es la norma suprema del bien, y que todo lo que Dios es y hace es digno de aprobación.

En esta definición hallamos una situación similar a la que enfrentamos al defi­nir a Dios como el Dios verdadero. Aquí «bien» se puede entender que es «digno de aprobación», pero no hemos contestado a la pregunta: ¿aprobación de quién? En cierto sentido, podemos decir que cualquier cosa que es verdaderamente buena debe ser digna de nuestra aprobación. Pero al final nosotros no somos libres para decidir por nosotros mismos lo que es digno de aprobación y lo que no lo es.

En úl­tima instancia, el ser y las acciones de Dios son perfectamente dignos de su propia aprobación. Él es, por consiguiente, la norma suprema del bien. Jesús implica esto cuando dice: «Nadie es bueno sino solo Dios» (Lc.18:19). Los Salmos muchas veces afirman que «el Señor es bueno» (Sal 100:5) o exclaman: «Den gracias al Señor, porque él es bueno» (Sal 106:1; 107:1; etc.). David nos anima: «Prueben y vean que el Señor es bueno» (Sal 34:8).

Pero si Dios es bueno en sí mismo y por consiguiente es la suprema norma del bien, tenemos una definición del significado de «bueno» que nos ayudará grande­mente en el estudio de ética y estética. ¿Qué es «bueno»? «Bueno» es lo que Dios aprueba.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

Lee Los Atributos Comunicables de Dios 10

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