La Doctrina de Dios – Los Atributos Incomunicables de Dios 4

 

Continuemos.

C. La Cuestión de la Impasibilidad de Dios.

A veces en la consideración de los atri­butos de Dios los teólogos han hablado de otro atributo: la impasibilidad de Dios. Este atributo, de ser verdad, significaría que Dios no tiene pasiones o emociones, sino que es «impasible», y no está sujeto a pasiones.

Hechos 14:15, que en la versión del Rey Jaime en inglés informa que Bernabé y Pablo rechazaron la adora­ción de los habitantes de Listra, protestando que no son dioses sino «hombres de pasiones semejantes a las de ustedes». La implicación de la traducción del rey Jaime en inglés pudiera ser que alguien que es verdaderamente Dios no tendría «pasiones semejantes» como los hombres, o bien pudiera simplemente mostrar que los após­toles estaban respondiendo a la falsa noción de dioses sin pasiones que los hombres de Listra daban por sentado (vs.10-11).

Pero si se traduce apropiadamente, este versículo ciertamente no demuestra que Dios no tenga pasiones o emociones para nada, porque el término griego (homoiopatzés) puede simplemente significar tener circunstancias o experiencias similares, o ser de naturaleza similar al ningún otro. Por supuesto, Dios no tiene pasiones o emociones pecaminosas. Pero la idea de que Dios no tenga en lo absoluto pasiones o emociones claramente está en con­flicto con el resto de la Biblia, y por esa razón no he afirmado la impasibili­dad de Dios en este escrito.

Más bien, lo opuesto es la verdad, porque Dios, que es el origen de nuestras emociones y que creó nuestras emociones, por cierto sí siente emociones: Dios se alegra (Is.62:5); se entristece (Sal.78:40; Ef.4:30). Su enojo arde contra sus enemigos (Éx.32:10). Él se compadece de sus hijos (Sal.103:13), y ama con amor eterno (Is.54:8; Sal.103:17). Es un Dios cuyas pasiones debemos imitar por toda la eternidad porque nosotros, como nuestro Creador, detestamos el pecado y nos deleitamos en la justicia.

 

D. El Desafío de la Teología del Proceso.

Los que abogan por la Teología del Proce­so han negado frecuentemente en años recientes la inmutabilidad de Dios. La Teo­logía del Proceso es una posición teológica que dice que el proceso y el cambio son aspectos esenciales de la existencia genuina, y que por consiguiente Dios debe es­tar cambiando con el tiempo también, como todo lo demás que existe.

El atractivo real de la Teología del Proceso viene del hecho de que todos tienen un anhelo profundo de significar algo, de sentirse significativos en el universo. A los teólogos del proceso les disgusta la doctrina de la inmutabilidad de Dios porque piensan que implica que nada que hagamos realmente afecta a Dios. Si Dios es realmente incambiable, dirían los teólogos del proceso, entonces nada que hagamos nosotros, a decir ver­dad, nada de lo que suceda en el universo, tiene algún efecto real en Dios, porque Dios no puede cambiar. Así que ¿qué diferencia hacemos? ¿Cómo podemos tener un efecto tan extraordinario?

En respuesta a esta pregunta los teólogos del proceso rechazan la doctrina de la inmutabilidad de Dios y nos dicen que nuestras acciones son tan significativas ¡que ejercen influencia en el mismo ser de Dios! Conforme actuamos, y conforme el universo cambia, esas acciones verdaderamente afectan a Dios y el ser de Dios cambia; Dios se convierte en algo diferente de lo que era.

Los proponentes de la Teología del Proceso a menudo erróneamente acusan a los creyentes evangélicos (o incluso a los escritores bíblicos) de creer en un Dios que no actúa en el mundo, o que no puede responder diferente a situaciones dife­rentes (errores que ya hemos considerado arriba). Con respecto a la idea de qué de­bemos influir en el mismo ser de Dios para ser significativos, debemos responder que esta es una presuposición incorrecta introducida en la consideración, y que no es congruente con la Biblia.

La Biblia es clara al afirmar que nuestra significación su­prema no viene de poder cambiar el ser de Dios, sino del hecho de que Dios nos ha creado para su gloria y que él nos considera significativos. Sólo Dios da la defini­ción definitiva de lo que es significativo y de lo que no es significativo en el universo, y sí él nos cuenta como significativos, ¡entonces lo somos!

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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