Artículos Cristianos – El Ministerio de la Confrontación 1

 

Cada vez que te enfrentas a un conflicto o una situa­ción donde el comportamiento de alguien es des­tructivo para él o para los demás, tienes que tomar tres decisiones básicas:

  • Hacer frente o no al conflicto.
  • Cuándo hacerlo.
  • Cómo hacerlo.

Quizá deberías preguntarte: “¿Debo hacer frente a todo tipo de ofensa?”. ¡Rotundamente no! El libro de Proverbios nos aconseja: “La discreción del hombre le hace lento para la ira, y su gloria es pasar por alto una ofensa” (Pr.19:11).

Creo que la palabra operativa de este pasaje es una. En general, haríamos bien en pasar por alto los desprecios o pullas insignificantes y otras molestias que forman parte de la vida diaria. Sin embargo, no podemos pasar por alto un patrón de comportamiento negativo. La mayoría elige evi­tar la confrontación y, al hacerlo, crea un problema mayor.

Como siempre, la respuesta a los problemas de la vida podemos encontrarla en la Palabra de Dios. La Biblia nos exhorta a la confrontación en tres situaciones diferentes:

  • Cuando nos ofenden.
  • Cuando ofendemos.
  • Cuando un hermano o hermana se entrega a un comportamiento autodestructivo o poco inteligente.

En estos tres casos, se nos ordena que tomemos la ini­ciativa a la hora de tratar el problema. Echemos un vista­zo a cada uno de ellos y veamos qué dicen las Escrituras.

 

1. Cuando Nos Ofenden.

En Mateo 18:15, Jesús dijo: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano”. Aquí se nos está acon­sejando claramente que nos enfrentemos al ofensor. En los versículos siguientes, Jesús da más instrucciones para hacer que otros se impliquen cuando la parte ofensora no nos escucha. Sin embargo, nos centraremos úni­camente en las confrontaciones personales e individuales.

La mayoría de los cristianos cree que es un signo de humildad y de santidad sufrir en silencio y reprimir la ira cuando alguien los daña o los ofende. Reprimir la ira o la frustración no es bueno. Toda emoción reprimida, al final se expresa de alguna manera. Algunos comen demasiado; otros se inclinan hacia el alcohol y las drogas; y otros se pueden volver compradores o trabajadores compulsivos para sobre­llevar las frustraciones que les provoca la no confrontación.

La profesión médica tiene muchos casos documenta­dos de enfermedades cuya raíz está en el resentimiento y la falta de perdón. Una vez, en un almuerzo con mujeres cristianas, me senté al lado de una que había sufrido un derrame cerebral. Cuando le pregunté qué le había produ­cido aquello, ella dijo que se debía a que nunca expresaba en voz alta las cosas que le molestaban. Desde entonces he entrevistado a muchas personas víctimas de derrames cerebrales, y sus respuestas fueron casi idénticas: constan­temente ocultaban su ira y nunca se defendían cuando alguien las hería u ofendía.

Pablo nos exhorta a estar alertas ante la amargura: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estor­be, y por ella muchos sean contaminados” (He.12:15). La confrontación eficaz es la mejor salvaguarda contra el enraizamiento de la amargura. La amargura es resentimiento acumulado; el resentimiento es ira no resuelta que se envía de nuevo o se reprime, en lugar de ponerla sobre la mesa y enfrentarse a ella de manera eficaz. Para que algo eche raíz, tiene que estar por debajo de la superficie. Podemos evitar que la ira se adueñe de nosotros no permitiéndole que se oculte bajo la superficie.

Algunas personas tienen un punto de ebullición tan bajo o tienen tanta ira y frustración reprimida que saltan a la menor provocación. Yo denomino a esto el síndrome de “hervir y estallar”. Es obvio que este tipo de reacción no arregla el problema; solo lo empeora.

La persona más madura espiritualmente es la que siempre inicia ia reconciliación. Los cristianos que cargan con estas emociones se con­vierten, sin darse cuenta, en personas disfuncionales. Cualquier comportamiento disfuncional en un cristiano es una trampa de Satanás, para hacer que se sienta frustrado y que no pueda cumplir el propósito divino.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Confrontar Sin Ofender”

Por Deborah Smith Pegues

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