Artículos Cristianos – El Ministerio de la Confrontación 2

 

Continuemos.

2. Cuando Somos los Ofensores.

Cuando nos damos cuenta de que hemos ofendido a alguien, tenemos la responsabilidad de actuar activamente para conseguir la reconciliación. Jesús dijo: “Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu herma­no tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda” (Mt.5:23-24).

Cuando nos apercibimos de que alguien ha comen­zado a evitarnos o sentimos que hay tensión en nuestra relación, es hora de actuar. Mi esposo y yo a menudo nos retamos a actuar según nuestra creencia de que la perso­na más madura espiritualmente es la que siempre inicia la reconciliación. Las personas espiritual o emocionalmente inmaduras esperan que los demás les tiendan la mano para la reconciliación.

Cuando observamos que un creyente tiene un comportamiento destructivo. Puede que te encuentres en la situación de tener que hacer frente a alguien no porque su comportamiento te esté afectando negativamente, sino porque ese compor­tamiento tiene un efecto indeseable en él mismo o en un grupo. El apóstol Pablo exhortó a las iglesias de Galacia: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gál.6:1).

Muchos murmuran cuando ven que un hermano o hermana comete una falta o tiene algún comportamiento impío. Pocos se enfrentan a ellos. Hay que entender que la amonestación de Pablo va dirigida a alguien que tenga rela­ción con la persona a la que es necesario hacer frente. Este pasaje no es una licencia para que los cristianos legalistas fuercen a nuevos convertidos ingenuos a cumplir con sus reglas humanas. He visto cómo muchos que son nuevos en Cristo se alejan de la iglesia porque alguien de forma poco inteligente se ha metido con su apariencia externa. ¿Por qué no se toman antes un tiempo para discipular a estos recién llegados en la Palabra de Dios y atender primero sus otras necesidades?

Gánate el derecho a ser escuchado. Si demuestras ser una persona que apoya con cariño y sin juzgar, puede que no sea necesario amonestar y corregir a los nuevos convertidos.

No importa lo espiritualmente madura que una per­sona diga ser, todos podemos en un momento dado caer en pecado o comportarnos de forma poco inteligente. Por lo tanto, cuando veamos que un hermano o hermana se está saliendo del buen camino, nuestra obligación cris­tiana es “devolverlo al buen camino”. Nadie ve con total claridad respecto a uno mismo; todos tenemos momentos de ceguera. A veces es necesario que una persona con una visión objetiva y espiritual ponga luz en nuestra ceguera.

Ponerse a la defensiva nos ayuda a protegernos contra la dolorosa verdad. Cuando nos enfrentamos con alguien por su comporta­miento destructivo, es de esperar que se ponga a la defensiva y dé todo tipo de excusas. Nadie desea realmente aceptar sus faltas, debilidades o fallos. Ponerse a la defensiva es una respuesta natural que nos ayuda a protegernos con­tra la dolorosa verdad. Ten en cuenta esto y no te sientas desanimado por ello cuando te enfrentes a alguien por su comportamiento.

Job dijo: “¡Cuán eficaces son las palabras rectas!…” (Job 6:25). Muchos echarán la culpa a los demás de sus acciones o tratarán de justificarlas. Ejemplos bíblicos de esto los tenemos en Eva (“…La serpiente me engañó…”, Gn.3:13); Aarón (“tú conoces al pueblo que es inclina­do al mal”, Ex.32:22) y muchos otros. Nadie responderá como el rey David cuando el profeta Natán lo reprendió por haberse acostado con Betsabé y haber mandado matar a su esposo. Él dijo: “Pequé contra Jehová…” (2 S.12:13).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Confrontar Sin Ofender”

Por Deborah Smith Pegues

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