Artículos Para Líderes – Permita Que se Vayan 3

 

Continuemos.

Pero esto no se detuvo allí. El camino de regreso a la casa está cerrado porque el padre lo maldijo cuando salió. Allí no tiene siquiera otros consiervos con quién identifi­carse. Está solo y abandonado. ¿Es esto lo que queremos en el Cuerpo de Cristo? Estoy de acuerdo con aquellos que me dicen: «No se hubiera ido de la casa de su padre». En verdad, así es. Pero también conozco lo que es enviarlo con una bendición aun sabiendo que está cometiendo un error.

Piense por unos instantes lo que hubiera ocurrido si cuando aquel discípulo va frente a su pastor y le presenta sus inquietudes diciéndole: «Tengo deseos de abrir una nueva congregación». Tal vez el pastor principal haya sentido en su corazón esto: «¡No siento que esto sea de Dios! No creo que sea el tiempo. Pero, si tu corazón ya está allá, muy bien. Recogeremos una ofrenda y compraremos sillas para tu nueva congregación».

Su bendición estará con él y si algo no ocurre como debiera, aquel hijo pró­digo regresará a su casa, esperando ser recibido con el abrazo del padre.

Hay algunas águilas que no podrán volar hasta que usted no las saque del nido. Otras, cuando salen del nido no saben siquiera qué hacer. ¿A quién buscarán? Esta situación ocurre más frecuentemente de lo que usted imagina. Pero la postura y determinación que usted tome al respecto marcará la diferencia.

Tal vez crea importante preguntar en una de las reuniones de la iglesia: «¿Cuántos querrían irse con este hermano para empezar la nueva iglesia de nuestra congregación?». Si muchos levantan sus manos, no se asuste. Llámelos al frente y ore por ellos, envíelos con la bendición de bendecir. Ore por ellos y dígale a Dios: «Señor, llévalos por buen camino y que siempre sepan que en la casa del padre está servida la mesa y que pueden regresar cuando quieran».

El hijo pródigo cuando estaba comiendo las algarrobas, pensó: «¿Cómo es posible que yo esté aquí comiendo esto cuando en la casa de mi Padre los sirvientes comen mejor? Me voy a levantar y voy a regresar a la casa del Padre». El joven pudo pensar en eso ya que su padre había dejado la puerta abierta. Cuando malde­cimos al enviar al hijo, le cerramos la puerta.

Ese domingo imaginario, el pastor vio un éxodo de su congregación junto con las sillas, el sonido, y las ofrendas, pero su imagen de «papá espiritual» creció enormemente ante los ojos de todos. La congregación piensa: «Wow, ¡qué hombre! Quiero ser parte de la visión de este hombre». Los que se quedan en la casa comienzan a comprometerse más con usted y la iglesia.

También debe pensar que tal vez podría ser la voluntad de Dios que ese hombre se fuera a comenzar otra congregación. De ser así, ¿quién saldría bendecido con esto? Los que le bendi­jeron. Al tiempo, esa congregación crece hasta duplicarse y es aun más grande que la suya. Lo invitan a predicar y usted puede gozar de los deleites de su éxito, sin haber trabajado en ello. Con el pasar de los días, ellos le enviarán ofrendas y su hijo le preguntará: «Papá, ¿qué necesitas? Acá tenemos un exceso del presu­puesto para bendecir a la iglesia madre».

Cabe también la otra posibilidad, ¿qué tal si no hubiera sido la voluntad de Dios que toda esa gente se fuera? Probablemente a los pocos meses se desmorone todo y el pastor comience a desesperarse y lo llame diciéndole: «Ay, yo no sabía que esto era así». Entonces nace en su inte­rior un nuevo respeto por usted.

Pensamientos cruzados vienen sobre él: «Dios mío, si yo tenía una situación ideal. El pastor se llevaba todos los golpes. Yo podía ser parte de su equipo. Me daba ‘chance’ de predicar cada mes. ¿Qué estoy haciendo comiendo algarrobas?». Le aseguro que él acudirá a usted. Solamente porque lo bendijo, en lugar de maldecirlo cuando lo envió.

Este principio es elemental para su vida. Debe tener claro en su mente y corazón que nunca perderá en bendecir. Si el corazón del hijo pródigo está mal, él deberá dar cuentas delante del Señor. Pero si usted le retiene la ben­dición, tendrá que dar cuentas delante del Señor por su mala actitud. Esta bendición, en lugar de causar divisiones, llevará multiplicación.

Extracto del libro «Cómo Ejercer la Verdadera Autoridad»

Por Marcos Witt

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