nuevo-5Poesías Cristianas – Marginado

 

 

 

 El hombre vaga desnudo

vocifera maldades,

duerme sobre calaveras,

¿a quién puede importarle?

 

¿Duerme…? ¿Descansa…?

 

¿Descansar cuando el alma

desdichada agoniza

gimiendo libertad?

¿Cuándo enloquecido

 sangra el corazón herido

tormentos y delirios?

 Piedras desgarran su carne

 se confunden en su cuerpo

el sudor y la sangre.

 

Sociólogos, analistas,

incrédulos comentan

 el extraño fenómeno:

-“Posiblemente psicosis”.

-«¡No! Alienación extrema”.

Búrlate infierno y llamas,

búrlate… detrás

de aquellas máscaras.

-“¡Necios! -clama el infinito-

el demonio lo ata”.

Clama… y nadie oye.

¿Oír lo que no se cree?

¿Creer lo que no se ve?

Creen solo en su saber.

 

Suciedad, espumarajos,

maldición en su mirada,

cadenas desgarradas.

Pecado, infierno, hombres:

-“Harapos es vuestro loco,

un cauce de agua seco”.

Ve, ave negra de muerte,

vuela tus vuelos últimos,

trina tus agonías.

Esfuerza tus negras alas

al ocaso siempre ardiente

allí aguarda tu muerte.

 

Cárcel de fuerzas extrañas,

esclavizada la mente,

y prisionera el alma.

Desespera, ¡enloquece!,

agoniza entre llantos,

gime la voz de la muerte.

Los hombres hacen poco.

Los hombres hacen… nada.

Vanas las soluciones:

Cadena, grillos, temores.

Ciencia que solo condenas

a una existencia pobre.

 

Sociedad, ¿qué harás con él

 cuando camine cerca

de tu festiva ciudad,

y se acerque a tus niños,

 y quiera con alguien hablar?

 ¿Tendrás listas tus cadenas,

 tu maltrato, tu impotencia?

 ¿Cómo callarás sus gritos

 que perturban lastimeros

la vigilia y los sueños

 de la noche, en tu ciudad?

Dime sociedad: ¿qué harás

para tenerlo sujeto

 a tus leyes y decretos?

¡Desecha al marginado,

olvida su soledad,

desoye inclemente

sus ruegos, sus gritos, su mal!

 Déjalo que vague lejos…

lejos de tu ciudad.

 

El demonio lo impele

a vagar por arenales,

donde no hay caminos,

donde hay soledades.

Donde mueren esperanzas

y florecen silenciosas

 frías muertes que aguardan.

Existencia condenada.

 Impulsado a errar

en su profundidad,

es ardiente el desierto

del alma sin libertad.

¿Quién desatara su alma?

Oprimida, aterrada,

vencida y endemoniada.

¿Dónde esta el conocimiento

que lo arranque de su infierno?

 

Pronto morirá el día

en su negro atardecer.

La noche ocultará

su despreciado ser.

Pero cuando el día nazca

amanecerá su alma.

 

Alguien se aproxima al pueblo…

un forastero tal vez.

La gente lo desconoce,

mas el demonio sabe.

¡Enloquece a su víctima,

chilla, lastima su carne!

Y corriendo hacia el hombre

lo enfrenta con temores.

 

Jesús avanza. No hay

espanto en su mirada.

No rechaza al marginado,

no siente repugnancia.

No lleva grillos hirientes,

ni cadenas oxidadas.

Sus ojos… Hay algo en ellos.

Parecen nacidos del cielo.

No miran el polvo

ni al tumultuoso pueblo,

miran el rojo infierno

en los sangrantes ojos

de aquel gadareno.

 

-“¡Legión endemoniada,

infierno de maldad,

fuera de este hombre,

ya no tienes potestad!”-

 Su palabra penetra

desatando mil fuerzas

y estalla el infierno

en locuras siniestras.

Violencia sacude al cuerpo,

y el hombre corre, grita,

se hinca a sus pies y exclama:

-“¡Jesús, ¿qué tienes conmigo?!

¡Hijo del Altísimo

no me atormentes más!”

 No es palabra de hombre.

Son las voces del mal.

-“¡Envíanos a los cerdos!”-

ruega la fétida maldad.

 

El hombre se estremece,

el infierno se va.

El corazón agitado

descansa ya.

Sentado, vestido, en paz.

No hay blasfemias, ni maldad.

En su cabal juicio, mira

a Jesús nazareno;

y mira a los hombres

que tanto mal le hicieron:

-“Jesús llévame contigo”-

es el ruego lastimero

-“no me dejes entre ellos.

Hieren sus grillos viejos,

marginan sus desprecios.

Jesús llévame contigo.

Déjame seguir viendo

la calma de tus ojos,

ojos nacido del cielo.

Déjame oír palabras

de calma y consuelo.

Déjame sentir tu amor.

Déjame entender, Jesús,

tus verdades, tus misterios.

Señor llévame contigo,

no me dejes, te lo ruego».

 

-“Ve, cuéntales a los tuyos

que Dios hizo grandes cosas,

que Él libro tu alma,

que tuvo misericordia”.

 

Regocíjate hombre,

blanca paloma de paz.

Grita a los cuatro vientos

tu canción de libertad.

Nunca será un sepulcro

tu habitación final,

perteneces al cielo,

allí espera tu hogar.

No serán cadenas grises

quienes prendan tu carne,

ni será Satanás

quien impío te maltrate.

Ya no habrá en tu alma

el olor fétido del mal,

ni habrá en tu mente

 resabios de impiedad.

Huele fragancias de vida,

el aroma de la paz,

la quietud de los álamos,

¡vive, hombre, en libertad!

 Desecha tus viejas prendas,

tus harapos y desnudez,

 Jesús te ha vestido

 de vida, luz y poder.

 Anda, clama en la ciudad

que has sido liberado

por el hombre que ellos

 expulsan, aterrados.

Clama en los arenales

 que fuiste un marginado,

desechado por los hombres,

 despreciado…, olvidado.

Y fuiste recogido

por el Cristo encarnado.

Anda, hombre, ve, cuéntales

las maravillas de Él.

 Fuiste un marginado,

poseído, condenado,

canta tu nueva canción:

-“En Cristo soy aceptado,

renacido, ¡liberado!”

 

Aunque no soy un muy buen escritor de poesías siento un especial afecto por esta. La escribí en el año 1990, en una época en la que yo mismo estaba en la búsqueda de mi identidad espiritual, y la pregunta «¿quién soy en Cristo?» rondaba permanentemente en mi cabeza. Cuando tuve la respuesta, pude darle un cierre a la poesía del marginado. Lo que todo marginado necesita, además de mejores leyes sociales es un encuentro transformador con el amor incondicional del Señor Jesús.

Por Edgardo Tosoni 

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