La Doctrina de la Biblia – La Claridad de las Escrituras 1

 

¿Pueden sólo los eruditos entender correctamente la Biblia?

 

Explicación y Base Bíblica.

Cualquiera que ha empezado a leer la Biblia en serio se dará cuenta de que algu­nas partes se pueden entender muy fácilmente en tanto que otras partes parecen un acertijo. A decir verdad, muy temprano en la historia de la iglesia Pedro les re­cordó a sus lectores que algunas partes de las Epístolas de Pablo eran difíciles de entender (2º P.3:15-16). Debemos reconocer, por consiguiente, que no toda la Biblia es fácil de entender.

Pero sería un error pensar que la mayoría de la Biblia o que la Biblia en general es difícil de entender. De hecho, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento frecuentemente afirman que la Biblia está escrita de tal manera que sus enseñanzas puede entenderlas cualquier creyente regular. Incluso en la afirmación de Pedro que acabamos de citar, el contexto es una apelación a las enseñanzas de la carta de Pablo, que los lectores de Pedro habían leído y entendido (2º P.3:15). Es más, Pedro asigna algo de la culpa moral a los que tergiversan estos pasajes «para su propia perdición». Tampoco dice que haya cosas imposibles de entender, sino sólo que son difíciles de entender.

 

A. La Biblia Frecuentemente Afirma su Propia Claridad.

La claridad de la Biblia y la responsabilidad de los creyentes en general para leerla y entenderla se recalca a menudo. En un pasaje muy familiar Moisés le dice al pueblo de Israel: “Grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Dt.6:6-7).

Se esperaba que todo el pueblo de Israel fuera capaz de entender las palabras de la Biblia lo suficiente para poder «inculcárselas continuamente» a sus hijos. Esta enseñanza no consistía solo en la memorización sin entendimiento, porque el pue­blo de Israel debía hablar las palabras de la Biblia durante sus actividades de sen­tarse en la casa, caminar, irse a la cama o levantarse por la mañana. Dios espera que todo su pueblo sepa y pueda hablar de su Palabra, con la aplicación apropiada a la si­tuación ordinaria de la vida.

De modo similar, el Salmo 1 nos dice que el «hombre dichoso», a quien todos los justos de Israel debían emular, es el que medita en la ley de Dios «día y noche» (Sal.1:2). Esta meditación diaria da por sentado una capaci­dad para entender apropiadamente la Biblia los que la meditan.

El carácter de la Biblia se dice que es tal que incluso el «sencillo» puede enten­derla apropiadamente y ser sabio por ella (Sal.19:7, Sal.119:130). Aquí el «sencillo» (heb. peti) no es meramente el que carece de capacidad intelectual, sino el que care­ce de sano juicio, que es proclive a cometer errores, y que fácilmente puede dejarse desviar.

La Palabra de Dios es tan comprensible, tan clara, que incluso le da sabi­duría a este tipo de personas. Esto debería ser un gran estímulo para todos los cre­yentes; ninguno debe pensar de sí mismo que es demasiado necio para leer la Biblia y entenderla lo suficiente para que ella le dé sabiduría.

Hay un énfasis similar en el Nuevo Testamento, Jesús mismo, en sus enseñan­zas, sus conversaciones y sus debates nunca responde a pregunta alguna dando in­dicio de echarle la culpa a las Escrituras del Antiguo Testamento por no ser claras. Incluso al hablarles a personas del primer siglo que distaban como mil años de David, de Moisés como mil quinientos años, o de Abraham como dos mil años, Jesús da por sentado que tales personas pueden leer y entender correctamente las Escrituras del Antiguo Testamento.

En días cuando es común que algunos nos digan que es difícil interpretar correctamente la Biblia, haremos bien en recordar que ni una sola vez en los Evange­lios oímos a Jesús diciendo: «Veo de dónde viene su problema; las Escrituras no son claras en cuanto a ese tema». Más bien, sea que estuviera hablando con erudi­tos o con personas comunes sin mayor educación, sus respuestas siempre dan por sentado que la culpa de entender mal alguna enseñanza de las Escrituras no se debe echar a las Escrituras mismas, sino a los que entendieron mal o no aceptaron lo que está escrito.

Vez tras vez responde a preguntas con afirmaciones como «No han leído..,»(Mt.12:3,5; 19:14; 22:31), «No han leído en las Escrituras…» (Mt.21:41), o incluso: «Ustedes andan equivocados porque desconocen las Escrituras y el po­der de Dios» (Mt.22:29; Mt.9:13; 12:7; 15:3; 21:13; Jn.3:10).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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