Clásicos Cristianos – En Qué se Muestra Cómo Empezar Cada Día con Dios 8

 

Continuemos.

Aprendamos, pues, a dirigir propiamente nuestras oraciones, y miremos hacia arriba para saber bien lo que quiere Dios en todo deber, para hacerlo con celo, pues si no tiene muy poco valor lo que hacemos. No adoremos en el patio exterior cuando se nos manda y estimula a que entremos dentro del velo.

Veamos ahora lo segundo, o sea el tiempo. El tiempo particular establecido en el texto para esta buena obra, es la mañana, y el salmista parece hacer énfasis sobre esto: por la mañana, y aún lo repite, por la mañana; no sólo esto, sino que insiste: De mañana me presentaré delante de Ti y esperaré. Cuando Israel estaba bajo la ley, sabemos que cada mañana se ofrecía un cordero en sacrificio (Éxodo 29:39), y cada mañana el sacerdote quemaba incienso (Éxodo 30:7), y los cantores estaban allí cada mañana para dar gracias al Señor (1 Crónicas 23:10). Y también fue establecido éste en el templo, en días de Ezequiel (46:13, 14, 15), por medio de lo cual se dejaba ver bien claro que los sacrificios espirituales tenían que ser ofrecidos por sacerdotes espirituales, cada mañana, tan seguro como la llegada de esta misma mañana. Cada cristiano debería orar en secreto y cada padre de familia con los suyos, mañana tras mañana, y hay buenas razones para ello.

La mañana es la primera parte del día, y es apropiado que Él, que es el primero, tenga lo primero y sea servido antes. Los paganos decían: «todo lo que hagas empiézalo con Dios». El mundo tuvo su comienzo de Él, nosotros tuvimos el nuestro también, y todo lo que empecemos tenemos que hacerlo contando con Él. Los días de nuestra vida, tan pronto como se levanta el sol de la razón en nuestra alma, deben ser dedicados a Dios, y empleados en su servicio. Desde el amanecer deja a Cristo que tenga el rocío de la juventud (Salmo 110:3). Las primicias siempre fueron para el Señor, y también los primogénitos del rebaño. En la oración de la mañana y de la tarde damos gloria a Aquel que es el Alfa y la Omega, el primero y el último; con Él hemos de empezar y terminar el día, empezar y terminar la noche; Él es el principio y el fin, la primera causa y la última.

La sabiduría dijo: Los que me buscan me hallarán pronto en sus vidas, temprano en el día, porque así damos a Dios lo que debe tener, la preferencia sobre todas las cosas. Por ello mostramos que nos preocupamos de agradarle y de merecer su aprobación y que le buscamos con diligencia. Lo que hacemos con diligencia nos dice la Escritura que lo hacemos temprano (Salmo 101:8). Los hombres activos se levantan temprano. David expresó la fuerza y el calor de su devoción cuando dijo: ¡Oh, Dios! Tú eres mi Dios; de madrugada te buscaré. (Salmo 63:1.)

Por la mañana nos sentimos renovados y en el mejor estado de ánimo. Nuestros espíritus han sido avivados por el descanso y sueño de la noche, y vivimos una especie de vida nueva, y las fatigas del día anterior han sido olvidadas. El Dios de Israel no duerme ni dormita; con todo, cuando se esfuerza en favor de su pueblo se nos dice: «Despertó el Señor como si se hubiese dormido.» (Salmo 78:65.) Si en algún momento somos buenos para algo, es por la mañana, y por ello se hizo el proverbio: «Aurora Musís Árnica»; y si la mañana es amiga de las musas, estoy seguro de que no lo es menos de las gracias. Del mismo modo que el que es primero debe tener lo primero, así el que es mejor debe tener lo mejor; y por ello, cuando somos más aptos para las actividades, debemos dedicarnos a lo que es más importante.

El adorar a Dios es obra que requiere las mejores potencias del alma, cuando están en mejores condiciones; ¿y en qué pueden estar mejor ocupadas o dar de sí más buena cuenta? «Que todo lo que hay en mí bendiga su santo nombre», dijo David, y todo aún no es bastante. Si tenemos algún don por el cual podemos honrar a Dios, la hora de la mañana es la más apropiada para usarlo (2 Timoteo 1:6), cuando nuestros espíritus están frescos, y hemos ganado nuevo vigor. «Despierta, alma mía; despierta, salterio y arpa; yo despertaré a la aurora.» (Salmo 57:8.) Así que avivémonos para echar mano de Dios.

Por la mañana estamos más libres de compañía y de negocios, y, generalmente, tenemos la mejor oportunidad para la soledad y el retiro, a menos que seamos de aquellos perezosos que se quedan en la cama aunque tengan poco sueño: ¿hasta cuándo vas a dormir, oh, perezoso? Aquellos que tienen mucho que hacer en el mundo, que apenas tienen un minuto para ellos mismos durante el día, obran sabiamente al tomar por la mañana un rato, antes de que los absorba la multitud de negocios, para los asuntos de su religión, para poder dedicarse totalmente a ella, pues es cuando están más alertas y dispuestos.

Cuando nos disponemos a adorar a Dios, hemos de estar lo menos posible inertes por dentro y expuestos a distracciones por fuera. El apóstol insiste en que hemos de vernos libres de distracciones y que esto facilita nuestro trato asiduo con el Señor (1 Corintios 7:35). Y por tanto, un día de cada siete (y éste es el primer día también, el día del Señor, la mañana de la semana) está designado para ser el día de descanso de todo trabajo. Abraham lo dejó todo en la falda de la montaña y subió a adorar a Dios.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Cómo Incrementar Nuestra Comunión con Dios”

Por Matthew Henry (Año 1712)

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