Dios creó a la humanidad para que tuviera dominio sobre la Tierra, pero la caída del hombre interrumpió y saboteó ese programa. Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, ellos no cayeron del cielo sino del dominio. Sa­tanás engañó a Eva prometiéndole que si ella comía del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal (el árbol que Dios había puesto fuera de los límites), sus ojos serían abiertos, y sería como Dios. El problema radica en que ella ya era como Dios. Ella y Adán fueron creados a la imagen de Dios, y su poder y autoridad en el campo terrenal reflejaba los de Dios en el plano celestial.

La mayor arma que alguien puede usar en contra de nosotros es la duda personal. Satanás usó esta arma en contra de Eva. Haciéndola dudar de sí misma, él abrió la puerta para que ella comenzara a dudar también de Dios. La duda personal involucra sentimientos como baja autoestima, un concep­to negativo de uno mismo y un escaso sentido de dignidad y valor. Si esta es la manera en que nos vemos a nosotros mismos, entonces nos puede llevar a dudar del carácter y las cualidades del Dios que -nosotros suponemos- nos hizo de ese modo.

Con esta clase de mentalidad, no es de sorprendernos que acabemos pensando de nosotros mismos como incrédulos en vez de creyentes, como perdedores en vez de ganadores, seguidores más que líderes y súbditos más que hijos. Hemos sido tan condicionados por nuestro pasado, nuestra cul­tura y nuestro entorno, que hemos perdido de vista quiénes somos realmen­te. En vez de tomar nuestro asiento en la mesa familiar, nos contentamos con comer en las barracas de los sirvientes porque creemos que eso es todo lo que se nos ha concedido. Nuestra actitud debería ser que, sin importar dónde nos encontremos ahora mismo o cuáles sean nuestras circunstancias actuales, eventualmente vamos a estar en control. Lo que necesitamos es una mentalidad completamente nueva.

Nunca olvidaré aquella reunión en Malasia en donde les hablé a un grupo de ejecutivos de la compañía Sony. Aquellos sí que eran individuos de alto poder económico, todos millonarios. Durante una de las comidas uno de ellos me contó la historia de cómo había hecho esa fortuna. Este caba­llero era un chino que trabajaba en Malasia como consultor de la empresa Sony. Luego de compartir su historia conmigo, me preguntó: -¿Podría usted decirme por qué la gente con su pigmentación en parti­cular, sin importar de qué país provengan, generalmente no logran alcanzar el éxito financiero? Nosotros los chinos generalmente hacemos dinero en todo lugar a donde vayamos. No lo decía en un tono vanidoso o arrogante, sino que simplemente estaba inquiriendo sobre una constante que había advertido durante todos sus viajes.

-Realmente no lo sé -le respondí-. ¿Podría decírmelo usted?

Respondió diciendo: -Durante un viaje a los Estados Unidos, observé que en cada ciudad que visitaba, cuando un asiático llega a la ciudad, aunque no tenga nada al comenzar, es propietario de un negocio a los pocos meses. La gente de su color, por otra parte, aunque muchos de ellos son muy trabajadores, han estado allí por décadas, pero la mayoría no ha logrado poseer nada. Luego de estudiarlo por un tiempo y de hablar con muchos de los de su raza, fi­nalmente descubrí que la diferencia no radica en nuestras habilidades, sino en nuestra mentalidad. Casi siempre, cuando gente va a una ciudad, ellos van buscando un empleo. Es distinto con los asiáticos. Cuando nosotros vamos a una ciu­dad, vamos buscando un negocio. Podemos llegar a precisar un empleo por un tiempo, pero eso es solamente hasta que comencemos un negocio por nuestra cuenta.

EDIFICANDO UNA MENTALIDAD DE REINO

Todo se limita a si tenemos o no una mentalidad de Reino. Si usted cree que se supone que sea un seguidor todo el tiempo, pues entonces siga adelante; el mundo está lleno de personas que estarán más que felices de liderarlo Si, en cambio, usted detecta esa semilla ve la evidencia del mandato de dominio seguirlo, nada podrá detenerlo. Este mandato está dentro de cada uno de nosotros, porque Dios lo puso allí.

Hace mucho tiempo, cuando tenía catorce años, decidí que nadie en el mundo había nacido para gobernarme; solamente Dios tenía ese derecho y autoridad. Solo Él estaba calificado para hacerlo. Algunas personas han observado esa actitud en mí y la han calificado de arrogancia. No soy arro­gante; simplemente comprendo mis derechos y privilegios como ciudadano del Reino. Como hijos de Dios y pecadores salvados por la sangre de Jesús, no te­nemos razón para sentirnos avergonzados de ser quienes somos o para sub­estimarnos. En cambio, deberíamos abrazar nuestra identidad como seres creados a la imagen de Dios. Somos como nuestro Padre y deberíamos vivir de acuerdo a ello, reclamando nuestros derechos con valentía como ciuda­danos del Reino celestial. No hay motivo para que andemos con nuestra cabeza gacha y nuestros hombros caídos.

Debería haber confianza en nuestra conducta y un brinco en nuestro caminar. ¡Somos hijos del Rey! Su Reino nos pertenece a nosotros también. Jesús dijo: «No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino» (Lucas 12:32). Dios nos otorgó el dominio sobre la Tierra, una responsabilidad asombrosa así como también un maravilloso privilegio. No nos conduzcamos como vagabundos, sirvientes o empleados que no tienen un interés personal o alguna participación en la Tierra, sino más bien como hijos sabios que brindan una administración cuidadosa y confiable a un Reino que heredaremos un día.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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