Predicaciones Cristianas – Tres Principios Grandiosos 8.

 

Continuemos.

3. Congregados.

«Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (vs.20). Este es el tercer principio, y también el más profundo de los tres. En el versículo 18 tenemos un principio, en el 19 tene­mos otro, y en el 20, otro más. El principio que se nos da en el versículo 20 es más amplio que el del versículo 19. ¿Por qué dice el vs.19 que «si dos de vosotros se pu­sieren de acuerdo en la Tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi padre que está en los cielos«.

La respuesta se nos da en el vs.20: «Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en media de ellos». ¿Por qué hay un poder tan grande sobre la Tierra? ¿Por qué el orar en armonía tiene tan tremen­da eficacia? ¿Qué es lo que proporciona a la oración ar­moniosa de dos o tres personas tanto poder? La razón de esto está en que dondequiera que somos convocados a reunimos en el nombre del Señor, la presencia de Él mis­mo está allí. Esta es la causa del acuerdo. El versículo 18 se refiere a la relación entre la Tierra y el cielo; el vs.19, a la oración armoniosa que se hace sobre la Tierra; y el vs.20, a la causa de tal armonía.

Comprendamos que somos llamados a reunimos. No nos reunimos por nuestra cuenta; somos llamados a reu­nimos. Reunimos nosotros mismos, y ser llamados a reunimos, son dos cosas ampliamente diferentes. Ser lla­mados a reunimos es ser llamados por el Señor a reunirnos. No acudimos por nuestra propia cuenta; más bien, el Señor nos convoca. Muchos acuden a un culto con la actitud de observar o asistir, y en consecuencia no reci­ben nada. Si alguno acude por cuanto el Señor le ha ha­blado, ese tendrá un sentido de pérdida si no acude. La gente que es así llamada por el Señor, se reúne en el nombre del Señor. Tales hermanos y hermanas pueden decir cada vez que se reúnen: «Padre, no estamos aquí por nuestra propia cuenta, sino en el nombre del Señor, con el propósito de glorificar a tu Hijo«.

Gracias a Dios, cuando todos se reúnen en el nombre del Señor, hay acuerdo, hay armonía. En el caso de asistir a una reunión por decisión propia, obviamente no habrá armonía. Pero si queremos que se haga lo que el Señor quiere, y no lo que nosotros queremos; y si rechazamos lo que el Señor rechaza, y no lo que nosotros rechaza­mos, entonces habrá acuerdo. De ahí que los hijos de Dios sean llamados por el Señor a reunirse. Se reúnen en su nombre. El Señor dice: «Allí estoy yo en medio de ellos». Es el Señor el que dirige todo. Puesto que Él está aquí dirigiendo, iluminando, hablando y revelando, por tanto, todo lo que se ata en la Tierra será atado en el cie­lo, y todo lo que se desata en la Tierra, será desatado en el cielo. Esto es así porque el Señor está aquí trabajando junta con su Iglesia.

En consecuencia, necesitamos aprender a negarnos a no­sotros mismos delante del Señor. Cada vez que Él nos llama a reunimos, debemos hacerlo en su nombre, por­que su nombre está sobre todos los otros nombres. To­dos los ídolos deben ser destruidos. Así él nos dirigirá.

Esto no es emoción ni teoría; son hechos. Si la Iglesia es normal, entonces en cada reunión, ella sabe que el Señor está presente. Cuando el Señor está presente, la Iglesia es poderosa y fuerte. En ese tiempo, la Iglesia puede atar o desatar. Pero si el Señor no está en media de ella, no pue­de hacer nada. Sólo la Iglesia posee tal poder. El indivi­duo simplemente no lo tiene dentro de sí.

Que el Señor nos conceda una comprensión y una expe­riencia más profundas en la oración. La oración no es só­lo personal o devocional; debe ser una obra y un minis­terio. Que el Señor nos sostenga con su poder para que cada vez que nos reunamos, podamos trabajar con ora­ción y cumplir el ministerio de oración de la Iglesia, a fin de que el Señor pueda hacer todo lo que Él quiera hacer.

Extracto del libro “El Ministerio de Oración de la Iglesia”

Por Watchman Nee

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