EL NACIMIENTO DEL ANUNCIADOR DEL REINO

Hace unos pocos años -justo luego del 11 de septiembre, tenía programado hablar en una conferencia en Pensilvania. Cuando arribé al aeropuerto de Pittsburgh, encontré que en la terminal había una multitud inusual que me obstruía el paso. Luego de estar demo­rado por más de una hora, nuestro chofer pudo avanzar y tener acceso al automóvil. Observé que a medida que salíamos del área de búsqueda del equipaje, aquello se asemejaba a una zona de guerra. Había policía, seguridad y oficiales del ejército por todas partes. Por un momento, pensé que había ocurrido un acto de terrorismo.

Mi chofer tuvo la valentía de pre­guntarle a uno de los oficiales de la armada por qué había tanto operativo de seguridad. Su respuesta me impactó. Luego de advertirnos que el tráfico iba a estar pesado en toda la ciudad, dijo que debíamos estar preparados para que nos solicitaran revisar nuestro vehículo en cualquier momento y en cualquier lugar ese mismo día. La razón -explicó- para tan altas me­didas de seguridad era que el Presidente de los Estados Unidos llegaría a Pittsburgh en tres días. No podía creer lo que estaba oyendo. Toda esta conmoción se debía a un hombre que ni siquiera había llegado a la ciudad todavía, ¡alguien que llegaría en tres días! Le pregunté al oficial por qué toda esta actividad con tanta anticipación. «Nos estamos preparando para la venida del Presidente», me dijo.

A medida que nos alejábamos del aeropuerto, no pude evitar pensar que esto es lo mismo que ocurre en todos los reinos cuando se aguarda la lle­gada de la realeza. En las Bahamas, donde nací y donde aún resido, cuando éramos una colonia del Reino Unido de Gran Bretaña, siempre que la reina o cualquier miembro de la familia real programaba una visita a nuestro te­rritorio, los preparativos comenzaban con meses de anticipación. Se barrían las aceras, se limpiaban las luces de la calle, las escuelas eran pintadas, se colocaban banderas y mucho más. La regla dictaba que cuando un soberano estaba por llegar, era anunciado, y los preparativos tenían que hacerse mu­cho tiempo antes. Incluso la gente tenía que prepararse.

Ese fue el rol de Juan el Bautista, el anunciador del Rey. Juan estaba guar­dando el protocolo real del Reino. Su tarea era preparar a la gente, la nación y el camino para la venida del Rey que traería el Reino. Las Escrituras des­criben a Juan de este modo:

«En aquellos días se presentó Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea. Decía: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cer­ca». Juan era aquel de quien había escrito el profeta Isaías: «Voz de uno que grita en el desierto: Preparen el camino para el Señor, háganle sendas derechas» (Mateo 3:1-3)

«Yo soy la voz del que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor» (Juan 1:23)

Por favor, note que el mensaje de Juan no era acerca de una religión sino acerca del Reino de los cielos. Es importante entender que Juan era el profeta más singular en toda La Biblia. De hecho, Jesús dijo de él que era el mayor de todos los profetas que hubieran vivido jamás.

«Les aseguro que entre los mortales no se ha levantado nadie más grande que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él» (Mateo 11:11)

¿Por qué Juan tenía una posición tan prominente entre los profetas? Porque todos los profetas anteriores a Juan hablaban solo de la venida del Reino, mientras que él tuvo el privilegio de anunciar, presentar, conocer y bautizar al Rey del Reino.

ENTENDAMOS NUESTRO ROL COMO REYES

El nacimiento de Jesús fue anunciado como el nacimiento de un rey, no de un sacerdote. Esto es muy importante, ya que enfatiza el enfoque primario de la misión de Jesús y su propósito al venir a la Tierra. Escuchen estas palabras concernientes a su propósito para venir. Su sacerdocio era su fun­ción redentora, mientras que su reinado era su disposición eterna.

«-¡Así que eres rey! -le dijo Pilato. (Jesús respondió) -Eres tú quien dice que soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimo­nio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz» (Juan 18:37)

«Desde entonces Pilato procuraba poner en libertad a Jesús, pero los judíos gritaban desaforadamente: -Sí dejas en libertad a este hombre, no eres amigo del emperador. Cualquiera que pretende ser rey se hace su enemigo» (Juan 19:12)

«Pero él les dijo: «Es preciso que anuncie también a los demás pueblos las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado» (Lucas 4:43)

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

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