Nuevamente, en Mateo 11:12 Jesús dijo: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan». En otras palabras, desde los días de Juan, una invasión ha estado en curso. Un golpe de estado militar está en progreso, del cual nadie sabe, excepto los que han sido capturados. ¿Usted ha sido capturado? Yo sí, por el Reino de Dios. Ha capturado mi corazón, mente, alma, cuerpo y futuro por completo. Ha capturado mis actitudes y me ha hecho un hombre peligroso (para el reino de las tinieblas).

El Reino de los cielos está avanzando con violencia, y los que somos ciu­dadanos de él, como parte de la «fuerza de avance» debemos continuar asal­tando la fortaleza del enemigo. El mundo puede estar en contra de nosotros, pero estamos capacitados para hacer avanzar eficazmente el Reino, porque tenemos un poder mayor viviendo en nosotros que el poder que controla el mundo (vea 1 Juan 4:4). Jesús dijo: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).

Podemos ser victoriosos por el poder del Espíritu de Dios que reside en nosotros. Eso es lo que significa ser ciudadanos de un nuevo orden del Rei­no de los cielos. Ya pasaron los días en que nos dábamos vuelta y nos ha­cíamos los muertos ante el avance del mundo. Como ciudadanos del Reino ya no nos damos vuelta ni nos hacemos los muertos ante nadie; avanzamos con violencia. Ya se fueron los días de refregar nuestras manos en señal de preocupación e impotencia ante los problemas, las tribulaciones y las dificultades. Se acabaron esos días en que tratábamos de vencer sin lograr nada. A pesar de la aflicción y la oposición del mundo, hemos aprendido a superar al enemigo por el poder de Aquel que vive en nosotros.

El Reino del cual formamos parte es tan poderoso que no debemos te­mer a ninguna potencial oposición. Los hombres y mujeres del Reino di­cen: «Que vengan esos problemas, y avanzaremos por encima de ellos». Nuestro Reino no huye y no se retira; nuestro Reino permanece firme, avanza y arrolla.

REPRESENTAR AL REY: EL PODER DE NUESTRA POSICION

Vernos a nosotros mismos como embajadores de Cristo y representantes de su Reino nos quita mucha de la presión autoimpuesta. Ser un embajador de Cristo es un privilegio maravilloso, pero también implica tremendas res­ponsabilidades, las cuales son:

  • Hablar las palabras del Rey.
  • Ocuparse solo de los intereses del rey.
  • Hablar solo en nombre de su gobierno.
  • Mantener la conexión y comunicación con el Rey.
  • Llevar a cabo las políticas establecidas por el Rey.

Aunque nuestro llamado a ser embajadores del rey del universo pare­ce ser abrumador, la presión de esa responsabilidad es aliviada de algún modo una vez que nos damos cuenta de que solamente tenemos que pre­ocuparnos por hablar las palabras de nuestro Rey. Jesús siguió esa direc­ción sin excepciones, lo cual es la razón por la que fue tan exitoso en su ministerio terrenal. Él afirmó: «… Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, sabrán ustedes que yo soy, y que no hago nada por mi propia cuenta, sino que hablo conforme a lo que el Padre me ha enseñado» (Juan 8:28); «Mi Padre aun hoy está trabajando, y yo también trabajo. (…) Ciertamente les aseguro que el hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hace, porque cualquier cosa que hace el padre, la hace también el hijo» (Juan 5:17,19).

Como embajadores de Cristo, deberíamos preocuparnos tan solo por los intereses de nuestro Rey. Todo lo que decimos o hacemos debe reflejar su deseo y propósito. Nuestra opinión personal no cuenta. En el mundo de la diplomacia, un embajador nunca expresa su opinión. Es absolutamente impropio que exprese su opinión personal, mientras actúa en su investidu­ra oficial como representante y vocero de su gobierno. Un embajador que traspasa la línea y entra al territorio de lo personal, pone en peligro la repu­tación de su nación y posiblemente su seguridad, y se expone a una posible censura y retirada.

Un embajador que entiende su rol tan solo comunicará la posición de su gobierno, independientemente de su punto de vista. No es distinto en el Reino de Dios. Como embajadores de nuestro Rey, nuestra opinión no es importante. La única opinión que importa es la del Rey. A menudo los creyentes nos metemos en problemas porque, habiendo sido criados en una democracia, estamos demasiado acostumbrados a dar nuestra opinión. A veces incluso confundimos nuestra opinión con la del Rey y acabamos re­presentándolo incorrectamente al presentar nuestros pensamientos e ideas como si fueran sus opiniones, y por lo tanto, creamos confusión en la Iglesia y en el mundo.

Extracto del libro Redescubriendo el Reino

Por Myles Munroe

Lee Llevar a Cabo las Políticas del Rey

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