La Doctrina de la Biblia – La Autoridad de las Escrituras 4

 

Continuemos.

2. Estamos Convencidos de las Afirmaciones de la Biblia de que es la Palabra de Dios al Leer la Biblia.

Una cosa es afirmar que la Biblia afirma ser la Palabra de Dios; y otra cosa es estar convencido de que esas afirmaciones son ciertas. Nuestra convicción suprema de que las palabras de la Biblia son Palabra de Dios viene sólo cuando el Espíritu Santo habla en la Biblia y mediante las palabras de la Biblia a nuestros corazones y nos da una seguridad interna de que esas son palabras de nuestro Creador hablándonos.

Poco después de que Pablo ha explicado que su dis­curso apostólico consiste de palabras enseñadas por el Espíritu Santo dice: «El que no tiene el Espíritu no acepta las cosas que proceden del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente» (1º Co.2:13-14).

Sin la obra del Espíritu de Dios, una persona no reci­birá verdades espirituales y en particular no recibirá ni aceptará la verdad de que las palabras de las Escrituras son en realidad palabras de Dios.

Pero en las personas en quienes el Espíritu de Dios está obrando hay un recono­cimiento de que las palabras de la Biblia son palabras de Dios. Este proceso es es­trechamente análogo a aquel por el cual los que creen en Jesús saben que sus palabras son verdad (Jn.10:27). Los que son ovejas de Cristo oyen la voz de su gran Pastor al leer las palabras de la Biblia, y se convencen de que estas palabras son en realidad palabras de su Señor.

Es importante recordar que esta convicción de que las palabras de la Biblia son palabras de Dios no resulta aparte de las palabras de la Biblia ni en adición a las pala­bras de la Biblia. No es como si el Espíritu Santo un día susurrara a nuestro oído: «¿Ves esa Biblia sobre tu escritorio? Quiero que sepas que las palabras de esa Biblia son palabras de Dios». Es más bien que conforme los individuos leen la Biblia oyen la voz de su Creador hablándoles en las palabras de la Biblia y se dan cuenta de que el libro que están leyendo es diferente a cualquier otro, que es en verdad un libro de palabras de Dios que hablan a su corazón.

 

3. Otra Evidencia es Útil pero no Definitivamente Convincente.

La sección pre­via no tiene el propósito de negar la validez de otra clase de argumentos que se puedan usar para respaldar la afirmación de que la Biblia es la Palabra de Dios. Es útil que aprendamos que la Biblia es históricamente exacta, que es internamente congruente, que contiene profecías que se han cumplido cientos de años más tar­de, que ha influido en el curso de la historia humana más que cualquier otro libro, que continuamente ha cambiado la vida de millones de individuos en toda su his­toria, que por ella las personas hallan la salvación, que tiene una belleza majestuo­sa y profundidad de enseñanza que ningún otro libro iguala, y que afirma cientos de veces que son palabras del mismo Dios.

Todos estos argumentos, y otros, son útiles para nosotros y eliminan los obstáculos que pudieran interponerse pata que creamos la Biblia. Pero todos estos argumentos, tomados individualmente o en conjunto, no pueden ser definitivamente convincentes.

 

4. Las Palabras de la Biblia son Autoatestiguadoras.

Así que las palabras de la Bi­blia son «autoatestiguadoras». No se puede «probar» que son palabras de Dios ape­lando a una autoridad más alta. Porque si se apelara a una autoridad más alta (digamos, precisión histórica o congruencia lógica) para probar que la Biblia es la Palabra de Dios, la Biblia en sí misma no sería nuestra autoridad más alta o absolu­ta; estaría subordinada en autoridad a aquello a lo que apelamos para probar que es la Palabra de Dios.

Si en última instancia apelamos a la razón humana, o a la lógica, o a la exactitud histórica, o a la verdad científica, como la autoridad por la cual se demuestra que la Biblia es la Palabra de Dios, damos por sentado que aquello a lo que apelamos es una autoridad más alta que la Palabra de Dios, y más verdadera y más confiable.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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