La Doctrina de la Creación – La Creación 4

 

Continuemos.

En va­rios pasajes del Antiguo Testamento es importante darse cuenta de que la misma palabra hebrea (ruaj) puede significar, en diferentes contextos, «espíritu», «aliento» o «viento». Pero en muchos casos no hay mucha diferencia en significado, porque incluso si uno decide traducir algunas frases como el «soplo de Dios» o incluso el «viento de Dios», todavía parecería ser una manera figurada de referirse a la activi­dad del Espíritu Santo en la creación. Así el salmista, hablando de la gran variedad de criaturas de la tierra y el mar dice: «Si envías tu Espíritu, son creados» (Sal 104:40; note también, respecto a la obra del Espíritu Santo, Job 26:13; Is.40:13; 1 Co.2:10). Sin embargo, el testimonio de la Biblia de la actividad específica del Espíritu Santo en la creación es escaso. La obra del Espíritu Santo se trae a mucha mayor prominencia en conexión con la inspiración de los autores de la Biblia y la aplica­ción de la obra redentora de Cristo al pueblo de Dios.

 

B. La Creación es algo muy Aparte de Dios y sin Embargo Siempre Depende de Dios.

La enseñanza de la Biblia en cuanto a las relaciones entre Dios y la creación es única entre las religiones del mundo. La Biblia enseña que la creación es algo dis­tinto de Dios. No es parte de la creación, porque él la hizo y la gobierna. El término que a menudo se usa para decir que Dios es mucho mayor que la creación es la pa­labra trascendente. Dicho simplemente, esto quiere decir que Dios está muy por «encima» de la creación en el sentido de que es mucho mayor que la creación y es independiente de ella.

Dios también está muy involucrado en la creación, porque esta continuamente depende de él para su existencia y funcionamiento. El término técnico usado al ha­blar de la intervención de Dios en la creación es la palabra inmanente que quiere de­cir «permanente en» la creación. El Dios de la Biblia no es una deidad abstracta alejada de la creación ni desinteresado en ella. La Biblia es la historia de la interven­ción de Dios en su creación, y particularmente en las personas en ella. Job afirma que incluso los animales y plantas dependen de Dios: «En sus manos está la vida de todo ser vivo, y el hálito que anima a todo ser humano» (Job 12:10).

En el Nuevo Testamento, Pablo afirma que Dios «es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas» y que «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch.17:25,28). En ver­dad en Cristo «todo ha sido creado» (Col.1:17), y él continuamente «sostiene todas las cosas con su palabra poderosa» (Hb.1:3). La trascendencia e inmanencia de Dios se afirman juntas en un solo versículo cuando Pablo habla de «un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y por medio de todos y en todos» (Ef.4:6).

El hecho de que la creación es una cosa y Dios es otra y sin embargo la creación siempre depende de Dios, que Dios está muy por encima de su creación y sin em­bargo siempre interviene en ella (en resumen, que Dios es a la vez trascendente e inmanente).

Esto es claramente distinto del materialismo, que es la filosofía más común de los que no creen hoy, y que niega por completo la existencia de Dios. El materialis­mo diría que el universo material es todo lo que hay. La creación es una cosa y Dios es otra, y sin embargo la creación siempre depende de Dios (Dios es a la vez trascendente e inmanente).

Los cristianos de hoy que enfocan casi todo su esfuerzo en la vida en ganar más dinero y adquirir más posesiones se convierten en materialistas «prácticos» en su actividad, puesto que sus vidas no serían muy diferentes si no creyeran en Dios para nada.

El relato bíblico de las relaciones de Dios con su creación es también diferente del panteísmo. La palabra griega pan quiere decir «todo», y panteísmo es la idea de que todo, todo el universo, es Dios o parte de Dios.

El panteísmo niega varios aspectos esenciales del carácter de Dios. Si todo el universo es Dios, Dios no tiene una personalidad distinta. Dios ya no es inmutable, porque conforme el universo cambia, Dios también cambia. Es más, Dios ya no es santo, porque el mal del universo también es parte de Dios. Otra dificultad es que a la larga la mayoría de los sistemas panteístas (como el budismo y muchas otras religiones orientales) acaban negando la importancia de la personalidad humana indi­vidual; puesto que todo es Dios, la meta del individuo debe ser amalgamarse con el universo y unirse cada vez más a él, y perder así su singularidad individual.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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