La Doctrina de Dios – Los Atributos Comunicables de Dios 19

 

Continuemos.

Más bien, la oración «hágase tu voluntad» se debe entender como una apelación a que se cumpla en la tierra la voluntad revelada de Dios.

Si se entiende de esta manera esta frase, eso provee un patrón para que oremos según los mandamientos de Dios en la Biblia. En este sentido, Jesús nos provee una guía para una amplitud de peticiones de oración supremamente amplia. Cristo nos anima aquí a orar que los seres humanos obedezcan las leyes de Dios, que sigan sus principios para la vida, que obedezcan sus mandamientos de arrepentirse del peca­do y confiar en Cristo como Salvador. Orar estas cosas es orar que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo.

Un poco más adelante Jesús dice: «No todo el que me dice: «Señor, Señor», en­trará en el reino de los cielos, sino sólo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7:21). De nuevo, la referencia no puede ser a la voluntad secreta de Dios ni a la voluntad de decreto (porque toda la humanidad sigue esto, aunque no lo sepa), sino la voluntad revelada de Dios, es decir, la ley moral de Dios que los se­guidores de Cristo deben obedecer (Mt 12:50; probablemente también 18:14). Cuando Pablo manda a los efesios que «entiendan cuál es la voluntad del Señor» (Ef 5:17; cf. Ro 2:18), de nuevo está hablando de la voluntad revelada de Dios. Tam­bién Juan cuando dice: «Si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Jn 5:14).

Probablemente es mejor poner 1 Timoteo 2:4 y 2 Pedro 3:9 en esta categoría también. Pablo dice que Dios «quiere (o «desea, anhela», gr. tzelo) que todos sean salvos y lleguen a conocer la verdad» (1 Ti 2:4). Pedro dice que «el Señor no tarda en cumplir su promesa, según entienden algunos la tardanza. Más bien, él tiene pa­ciencia con ustedes, porque no quiere que nadie perezca sino que todos se arrepientan» (2 P 3:9). En ninguno de estos versículos se puede entender la volun­tad de Dios como su voluntad secreta, su decreto respecto a lo que con certeza va a suceder.

Esto se debe a que el Nuevo Testamento dice claramente que habrá un juicio final y no todos serán salvos. Es mejor, por consiguiente, decir que estas son referencias a la voluntad revelada de Dios, sus mandamientos que la humanidad debe obedecer y su declaración a nosotros de lo que es agradable a su vista.

Por otro lado, muchos pasajes hablan de la voluntad secreta de Dios. Cuando Santiago nos dice que digamos: «Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Stg 4:15), no puede estar hablando de la voluntad revelada de Dios o su voluntad de precepto, porque respecto a muchas de nuestras acciones nosotros sa­bemos que están de acuerdo al mandamiento de Dios que hagamos una u otra acti­vidad que hemos planeado. Más bien, confiar en la voluntad secreta de Dios vence el orgullo y expresa dependencia humilde en el control soberano de Dios sobre lo que nos sucede en la vida.

Otro ejemplo se halla en Génesis 50:20. José le dice a sus hermanos: «Es verdad que ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios transformó ese mal en bien para lo­grar lo que hoy estamos viendo: salvar la vida de mucha gente». Aquí la voluntad revelada de Dios a los hermanos de José era que ellos debían amarlo y no privarle de los suyo ni venderlo como esclavo o planear asesinarlo. Pero la voluntad secreta de Dios fue que la desobediencia de los hermanos de José resultara en un mayor bien cuando José, habiendo sido vendido como esclavo y llevado a Egipto, adqui­rió autoridad sobre la tierra y pudo salvar a su familia.

Cuando Pablo les dice a los corintios: «Si Dios quiere, iré a visitarlos muy pron­to» (1 Co 4:19), no está hablando de la voluntad revelada de Dios, porque Pablo ya había determinado, en obediencia a Dios y en cumplimiento de su oficio apostóli­co, ir a visitar a los corintios. Está hablando más bien de la voluntad secreta de Dios, su plan oculto para el futuro, que Pablo desconocía y que se conocería sólo cuando se sucediera (Hch 21:14; Ro 1:10; 15:32; Ef 1:11; 1 P 3:17; 4:19).

Se dice que tanto el revelar las buenas noticias del evangelio a algunos y ocul­tarlas de otros es conforme a la voluntad de Dios. Jesús dice: «Te alabo, Padre, Se­ñor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas de los sabios e instruidos, se las has revelado a los que son corno niños. Sí, Padre, porque esa fue tu buena voluntad» (Mt 11:25-26). Esto de nuevo debe referirse a la voluntad secreta de Dios, porque su voluntad revelada es que todos alcancen la salvación. En efecto, apenas dos versículos más adelante, Jesús le ordena a todos: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mt 11:28).

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

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