La Doctrina de Dios – Los Atributos Incomunicables de Dios 12

 

Continuemos.

No querríamos decir que estos atributos son sólo característicos de alguna par­te de Dios, sino más bien que son características de Dios mismo, y por consiguien­te características de todo lo que es Dios. Estas consideraciones indican que no debemos pensar que Dios es como una colección de atributos que se juntan.

Tampoco debemos pensar que los atributos de Dios son algo externo al mismo ser de Dios, algo añadido a lo que Dios realmente es. Más bien, debemos recordar que todo el ser de Dios incluye todos sus atributos; él es enteramente amor, enteramente misericordioso, enteramente justo, etcétera. Todo atributo de Dios que hallamos en la Biblia es verdad de todo el ser de Dios, y por consiguiente podemos decir que todo atributo de Dios también califica a todo los demás atributos.

Debe ser claro que cada atributo es simplemente una manera de describir un aspecto del carácter o ser total de Dios. Dios mismo es una unidad, una persona unificada y completamente integrada, que es infinitamente perfecta en todos estos atributos.

¿Por qué, entonces, la Biblia habla de estos diferentes atributos de Dios? Proba­blemente se debe a que no podemos captar todo el carácter de Dios a la vez, y necesitamos aprender al respecto desde diferentes perspectivas en un período de tiempo. Sin embargo estas perspectivas nunca deben ponerse en oposición una a otra, porque son simplemente diferentes maneras de mirar a la totalidad del carácter de Dios.

En términos de aplicación práctica, esto significa que nunca debemos pensar, por ejemplo, que Dios es un Dios de amor en un punto de la historia y un Dios jus­ticiero y colérico en otro punto de la historia. Él es el mismo Dios siempre, y todo lo que dice o hace es plenamente consistente con todos sus atributos. No es correc­to decir, como algunos han dicho, que Dios es un Dios justiciero en el Antiguo Testamento y un Dios de amor en el Nuevo Testamento.

Dios es y siempre ha sido infinitamente justo e infinitamente amor por igual, y todo lo que hace en el Antiguo Testamento así como en el Nuevo Testamento es completamente cohe­rente con ambos de esos atributos.

Es cierto que algunas acciones de Dios muestran algunos de esos atributos más prominentemente. La creación demuestra su poder y sabiduría, la expiación de­muestra su amor y justicia, y el resplandor del cielo demuestra su gloria y belleza. Pero todos estos de una manera u otra también demuestran su conocimiento y san­tidad, misericordia y veracidad, paciencia y soberanía y todo lo demás.

Sería difícil en verdad hallar algún atributo de Dios que no esté reflejado por lo menos en al­gún grado en alguno de sus actos de redención. Esto se debe al hecho mencionado arriba: Dios es una unidad y todo lo que hace es un acto de la persona total de Dios.

Todavía más, la doctrina de la unidad de Dios debe servirnos de advertencia para que no intentemos señalar algunos de los atributos de Dios como más impor­tantes que todos los demás. En varias ocasiones algunos han intentado de ver la santidad de Dios, su amor, su existencia propia, su justicia o algún otro atributo como el atributo más importante de su ser. Pero tales intentos parecen concebir erróneamente a Dios como una combinación de varias partes, y que algunas par­tes son en cierto sentido más grandes o más influyentes que otras.

Todavía más, es difícil entender exactamente qué pudiera significar «más importante». ¿Quiere de­cir que hay algunas acciones de Dios que no son plenamente congruentes con al­guno de sus otros atributos? ¿Hay algunos atributos que Dios de alguna manera deja a un lado a veces a fin de actuar de maneras ligeramente contrarias a esos atri­butos?

Ciertamente no podemos sostener ninguno de estos puntos de vista, por­que eso significaría que Dios no es coherente con su propio carácter, o que cambia y se convierte en algo diferente de lo que fue previamente.

Más bien, cuando ve­mos todos los atributos solo como varios aspectos del carácter total de Dios, tal pregunta se vuelve innecesaria y descubrimos que no hay atributo que se pueda se­ñalar como más importante. Es Dios mismo en su ser total lo que es supremamente importante, y es Dios mismo en todo su ser a quien debemos procurar, conocer y amar.

Extracto del libro “Teología Sistemática”

Por Wayne Grudem

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingresa para comentar!
Por favor ingresa tu nombre