Devocional Diario – Max Lucado CUANDO OTROS TE DESILUSIONEN 1

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Devocionales Cristianos – Cuando Otros Te Desilusionen 1

 

Pasaje clave: Lucas 24.13–35

 

¿Qué deben hacer con su desilusión? ¿Qué pueden hacer con sus corazones destrozados? No nos referimos a los inconvenientes ni a las complicaciones. Estamos hablando de aflicción. De lo que sentían los amigos de Jesús a dos días de su muerte. Su mundo se había desmoronado encima de ellos. Resulta obvio al ver cómo caminan. Sus pies se arrastran, están cabizbajos, sus hombros están caídos. Los once kilómetros que separan a Jerusalén de Emaús deben parecerles ciento diez.

Mientras caminan, hablan «acerca de todas estas cosas que habían acontecido» (v. 14). No es difícil de imaginar sus palabras.

«¿Por qué se volvió la gente contra Él?»

«Podía haber descendido de la cruz. ¿Por qué no lo hizo?»

«Permitió que Pilato le diera órdenes».

«¿Ahora qué hacemos?»

Mientras caminan, se les acerca un extraño por detrás. Es Jesús, pero no lo reconocen. La desilusión los afecta de esa manera. Les impide ver la presencia misma de Dios. La desilusión nos hace mirar sólo para adentro. Dios pudiera estar caminando a nuestro lado, pero la desesperación nos nubla la vista.

La desesperación hace otra cosa. No sólo nos nubla la vista, sino que también endurece nuestros corazones. Nos volvemos cínicos. Nos volvemos insensibles. De manera que cuando vienen las buenas noticias, no las queremos aceptar por temor a ser nuevamente desilusionados. Eso fue lo que le sucedió a estas dos personas.

Al leer las Escrituras no siempre podemos darnos cuenta del tono en que fueron expresadas las palabras. En ocasiones no sabemos si el que habla está jubiloso, triste o en paz. Sin embargo, esta vez queda claro lo que están pensando: Como si no fuera suficiente que hayan matado a Jesús, ahora algún ladrón de tumbas se ha llevado el cuerpo y engañado a algunos de nuestros amigos (Lucas 24.22–24)

Estos dos seguidores no tenían la menor intención de creer a las mujeres. Si me engaña una vez, la vergüenza es suya. Si me engaña por segunda vez, la vergüenza es mía. Cleofas y su amigo están envolviendo su corazón en un cascarón. No volverán a arriesgarse. No volverán a ser lastimados.

Esta es una reacción muy común, ¿verdad? ¿Ha sido lastimado por amor? Pues entonces no ame. ¿Una promesa ha sido rota? No confíe más. ¿Su corazón ha sido destrozado? No lo entregue de nuevo. Existe una línea, una fina línea divisoria, el cruzarla puede resultar fatal. Es la línea que separa la desilusión del enojo, la herida del odio, la amargura de la acusación. Si está aproximándose a esa línea, permítame que le inste a no cruzarla.

Dé un paso hacia atrás y hágase la siguiente pregunta: «¿Durante cuánto tiempo he de pagar por mi desilusión? ¿Cuánto tiempo más dedicaré a lamer mis heridas? Llegará el momento en que deba seguir avanzando. Llegará el tiempo en que necesite sanidad. Se presentará el momento en el que deberá permitir que Jesús haga por usted lo mismo que hizo por estos hombres.

¿Sabe lo que hizo? En primer lugar se les acercó. No se quejó ante el ángel diciendo: «¿Por qué no pueden creer que la tumba está vacía? ¿Por qué resulta tan difícil convencerlos?»

¿Qué fue lo que hizo? Se encontró con ellos en su punto de dolor. Aunque la muerte ha sido destruida y el pecado anulado, Él no se ha retirado. El Señor resucitado nuevamente se ha cubierto de carne, se ha puesto ropa humana y ha buscado nuestros corazones doloridos.

Lea sus palabras con cuidado y fíjese si puede descubrir su dolor: Lucas 24.19–21.

Ahí está. «Pero nosotros esperábamos…». Los discípulos habían esperado que Jesús redimiese a Israel. Ellos habían esperado que Él sacara a patadas a los romanos. Habían tenido la esperanza de que Pilato fuese derrocado y que Jesús fuese instalado. Pero Pilato seguía gobernando y Jesús estaba muerto.

Expectativas insatisfechas. Dios no hizo lo que ellos querían que hiciese. Sabían lo que esperaban de Jesús. Sabían lo que Él debía de hacer. No era necesario que le preguntaran. Si Jesús es el Mesías, no dormirá durante mi tormenta. Nunca se morirá. No desafiará a la tradición. Hará lo que se supone que debe hacer.

Pero eso no fue lo que hizo. Qué alegría, ¿no? Menos mal que la oración de Cleofas y su amigo no fue respondida, ¿verdad? ¿No le complace que Dios no haya hecho ajustes en su agenda para satisfacer los pedidos de estos dos discípulos?

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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