Estudios Cristianos – Enfrentando al Enemigo 1

 

1. Introducción.

¿Es Ud. una persona auténticamente poderosa en oración?

¿Se ha enfrentado realmente con el Enemigo en el terreno de la oración?

¿Ha experimentado la oración co­mo un verdadero campo de batalla?

¿Siente Ud. la oración como un diálogo personal en al que está conversando con el Señor?

Piénselo. ¡Cuidado con imaginar que de veras está luchando contra el diablo! ¡Ud. puede ser víctima de la autosuges­tión! (además, hay muchos cristianos delirantes). ¡Antes de opinar, observe atentamen­te los resultados de su propia oración!

¿Es una oración victoriosa?

¿Y cómo sabe Ud. que es una oración victoriosa?

¿A qué le llama Ud. “una oración victoriosa”?

Vemos en Efesios 6:10-20 la exhortación a orar. ¡Está inmediatamente después del llamado a vestir toda la armadura de Dios y fortalecerse en el Señor y en el poder de su fuerza! Allí la oración de poder se describe en el marco de la lucha “contra principados, con­tra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”. No es una lucha contra sangre y car­ne, porque la maldad no es meramente humana: la carne y la sangre son instrumentos de los poderes diabólicos (que se someten voluntariamente al Enemigo), pero el verdadero Adversario es Satanás, tanto en la oración como en cualquier aspecto de la vida. Para enfrentar a ese Enemigo, y a todas sus huestes, necesitamos la armadura de Dios. Es fatal entrar sin armas en el campo de batalla. Para alcanzar la victoria (provistos de la armadura de Dios) debemos aprender a orar con autoridad.

 

2. Enfrentando al Enemigos Las Armas de la Victoria.

A. Efesios 6:10-18. ¡Póngase el uniforme de soldado! ¡Tome toda la armadura de Dios y empuñe las armas del Señor!… Ud. va a orar, va a entrar en el campo de batalla. Y el diablo no es tonto: atacará sus flancos débiles, si Ud. descuida su armadura. Los vs.14-15 indican la preparación previa, el estado espiritual, también mencionado en el v.10 y en 1:19 y 3:7 de Efesios. Antes de la batalla, Ud. ya debe ser un gue­rrero fortalecido por el poder del Señor.

Ceñirse los lomos con la verdad es “ajustar­se el cinturón” y renunciar a todo estorbo. Sólo la verdad nos hará libres para comba­tir sin ataduras (Juan 8:31-32, 36).

Vestir la coraza de justicia es revestirnos de la justicia de Cristo, para evitar que el Enemigo confunda nuestras emociones, de­seos y afectos (Proverbios 4:23).

Calzarse los pies con el apresto del evangelio de la paz es permanecer “en la defensa y confirmación del evangelio” (Filipenses 1:7) sin aceptar desvíos doctrinales ni enseñanzas que deterioren el señorío de Cristo, los vs.16-17 presentan las armas para la batalla.

El escudo de la fe se refiere a la FE que hemos mencionado AQUÍ, con las características que ya hicimos notar.

El yelmo de la salvación es la seguridad de nuestra salva­ción, la certeza de la vida eterna, la convicción que afirma que nadie puede arreba­tarnos de la mano del Señor (Juan 10:27-29).

La espada del Espíritu es la Palabra de Dios, no una Biblia empleada como varita mágica, sino nuestra voz dirigida a Satanás citándole las expresiones del texto sagrado de la misma manera que Jesús hizo al ser tentado por el Diablo; “Escrito está” (Mateo 4:1-11). La experiencia del Señor Jesús y la de miles de cristianos en todos los tiempos demuestran que jamás el Diablo pudo resistir el invencible poder de la Palabra de Dios.

B. Apocalipsis 12:7-11. Una cosa es la gran batalla en el cielo entre Miguel y sus ángeles luchando contra el dragón (Satanás) y sus ángeles. Y otra cosa, paralelamente, es nuestra propia lucha contra el Diablo y sus huestes. Con relación a este último as­pecto, los vs.10-11 destacan las armas de la victoria:

1º la Sangre del Cordero, o la sangre del Señor Jesucristo. Es un error “invocar la sangre” como un rito o una fórmu­la que sirve para alejar a Satanás. La sangre es fuente de vida. Hasta que Jesús derra­mó su sangre en la cruz, a los judíos se les prohibió comer sangre “porque la vida de la carne en la sangre está” (Levítico 17:11) y “la sangre es la vida” (Deuteronomio 12:23). Hoy participamos simbólicamente del cuerpo y de la sangre del Señor cuando tomamos la Santa Cena. Pero tenemos victoria sobre el Diablo cuando la vida de Cristo (que pro­viene de su sangre derramada en la cruz) está en nosotros; ver Gálatas 2:20.

No se tra­ta de “invocar la sangre de Cristo” sino de vivir la vida de Cristo y ser así partíci­pes de su victoria.

(CONTINÚA…)

Por Dr. John R. Rice y Dr. J. Oswald Sanders

Adaptado por Samuel O. Libert

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