Devocionales Cristianos – Cuando se le Acaben las Opciones 1

 

Pasaje clave: Juan 5:1-18.

 

Esta historia no es acerca de un inválido en Jerusalén. Se trata de usted. De mí. El hombre no es anónimo. Tiene un nombre: el suyo. Tiene un rostro: el mío. Tiene un problema: igual que el nuestro.

Jesús se encuentra con el hombre cerca de un gran estanque al norte del templo de Jerusalén. Mide aproximadamente ciento diez metros de largo, cuarenta de ancho y tres de profundidad. Una columnata con cinco pórticos domina el cuerpo de agua. Es un monumento de opulencia y prosperidad, pero sus residentes son personas enfermas y en aflicción.

Se llama Betesda. Una corriente de agua subterránea hacía que ocasionalmente el estanque burbujeara. La gente creía que las burbujas eran causadas por la agitación de las alas de un ángel. También creían que la primera persona en tocar el agua después de que lo hiciese el ángel sería sanada. ¿Ocurría de verdad la sanidad? No lo sé. Pero sí sé que gran cantidad de inválidos se llegaban hasta allí para intentarlo.

Imagínese un campo de batalla cubierto de cuerpos heridos y puede ver a Betesda. Al pasar, ¿qué escuchaban? Un sinfín de gemidos. ¿Qué cosa observaban? Un campo de necesidades sin rostro. ¿Qué hacían? La mayoría pasaba de largo ignorando a las personas.

Pero no así Jesús. Él está en Jerusalén para una fiesta. No sabemos si alcanzó a llegar al templo, pero sí que llegó a Betesda. Él está solo. No está allí con el fin de enseñar a los discípulos ni para atraer a una multitud. La gente lo necesita… Por eso está allí.

¿Se lo puede imaginar? Jesús caminando entre los que sufren.

¿Qué piensa Él? Cuando una mano infectada toca su tobillo, ¿qué hace? Cuando un niño ciego tropieza cerca de Jesús, ¿extiende sus manos para evitar su caída? Cuando una mano arrugada se extiende pidiendo limosna, ¿cómo responde Jesús?

¿Qué siente Dios cuando la gente sufre?

Vale la pena relatar la historia aunque sólo sea para observarlo caminar. Basta con saber que siquiera vino. No tenía la obligación de hacerlo. Con seguridad hay grupos más saludables en Jerusalén. Seguramente existen actividades más placenteras. Después de todo esta es la fiesta de la Pascua. Es un tiempo emocionante en la ciudad santa. Ha venido gente de muchos kilómetros a la redonda para encontrarse con Dios en el templo.

No se imaginan que Dios esté con los enfermos. No se pueden imaginar que Dios esté caminando lentamente, pisando con cuidado entre los pordioseros y los ciegos. No es posible que piensen que el joven y fuerte carpintero que observa la escena harapienta de dolor es Dios.

«En toda angustia de ellos Él fue angustiado» escribió Isaías (Isaías 63.9). Este día Jesús debe haber experimentado mucha angustia. Jesús debe haber suspirado a menudo al caminar junto al estanque de Betesda. Y suspira también cuando se acerca a usted y a mí.

¿Recuerda que le dije que esta historia se trataba de nosotros? ¿Recuerda que dije que encontré nuestros rostros en la Biblia? Bueno, aquí estamos, rellenando los espacios en blanco entre las letras del versículo 5: «Y estaba allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo».

Es posible que esté sosteniendo este libro con manos saludables y leyendo con ojos sanos y no pueda imaginarse lo que tienen en común usted y este inválido de cuatro décadas. ¿Cómo pudiera él ser usted? ¿Qué cosa tenemos en común con él?

Simple. Nuestro dilema y nuestra esperanza. ¿Cuál dilema? Está descrito en Hebreos 12.14: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor».

Ese es nuestro dilema: sólo los santos verán a Dios. La santidad es un requisito para el cielo. La perfección es una condición para la eternidad. Desearíamos que no fuese así. Nos comportamos como si no lo fuera. Nuestro comportamiento pareciera indicar que los que son «decentes» verán a Dios. Damos a entender que los que se esfuerzan verán a Dios. Nos comportamos como si fuésemos buenos porque nunca hacemos nada malo. Y esa bondad bastará para darnos la entrada al cielo.

Eso nos parece bien a nosotros, pero a Dios no. Y Él es quien establece las normas. La norma es elevada (Mateo 5.48).

Pues verá, en el plan de Dios es Él la norma de perfección. No nos comparamos con otros; ellos están tan errados como nosotros. La meta es ser como Él; cualquier cosa inferior es inadecuada.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

Lee Cuando se le Acaben las Opciones 2

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