Devocionales Cristianos – Te Dejaré Que Escojas 1

 

 

La Promesa de Dios a Través de las Dos Cruces. 

Abel y Caín, ambos hijos de Adán. Abel escoge a Dios. Caín escoge matar. Y Dios lo deja.

Abraham y Lot, ambos peregrinos en Canaán. Abraham escoge a Dios. Lot escoge Sodoma. Y Dios lo deja.

David y Saúl, ambos reyes de Israel. David escoge a Dios. Saúl escoge el poder. Y Dios lo deja.

Pedro y Judas, ambos niegan al Señor. Pedro busca misericordia. Judas busca la muerte. Y Dios lo deja.

La verdad es revelada en cada edad de la historia, en cada página de la Escritura: Dios nos permite hacer nuestras propias decisiones.

Y nadie ejemplifica esto más claramente que Jesús. Según él, nosotros podemos elegir:

  • Una puerta angosta o una puerta ancha (Mateo 7.13–14)
  • Un camino angosto o un camino ancho (Mateo 7.13–14)
  • Una muchedumbre o la compañía de pocos (Mateo 7.13–14)
  • Nosotros podemos decidir:
  • Construir sobre la roca o sobre la arena (Mateo 7.24–27)
  • Servir a Dios o a las riquezas (Mateo 6.24)
  • Estar entre los corderos o entre las cabras (Mateo 25.32–33)

«Entonces ellos [los que rechazaron a Dios] irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna» (Mateo 25.46).

Dios permite elecciones eternas, y tales elecciones tienen consecuencias para la eternidad.

¿No es esto lo que nos dice el trío del Calvario? ¿Te has preguntado alguna vez por qué hubo dos cruces cerca de Cristo? ¿Por qué no seis o diez? ¿Y te has preguntado por qué Jesús estaba en el centro? ¿Por qué no a la derecha, o bien a la izquierda? ¿No será que las dos cruces en el cerro simbolizan uno de los regalos más grandes de Dios, el don de elegir?

Los dos criminales tienen mucho en común. Condenados por el mismo sistema. Condenados a una muerte idéntica. Rodeados de la misma multitud. Igualmente cerca del propio Jesús. E incluso, comienzan ambos con el mismo sarcasmo: «Los dos criminales también dijeron cosas crueles a Jesús» (Mateo 27.44).

Pero uno cambió.

Uno de los criminales sobre una cruz empezó a gritar insultos a Jesús: «¿No eres tú el Cristo? Si es así, sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros. Pero el otro criminal lo hizo callar, diciéndole: «Deberías tener temor de Dios. Tú estás recibiendo el mismo castigo que Él. A nosotros nos están castigando justamente, dándonos lo que merecemos por lo que hicimos. Pero este hombre no ha hecho nada malo». En seguida le dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Jesús le dijo: «Te digo la verdad, hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lucas 23.39–43).

Mucho se ha dicho acerca de la oración del ladrón penitente, y ciertamente merece toda nuestra admiración. Pero a la vez que me regocijo con el ladrón que cambió, ¿podemos olvidarnos del que no cambió? ¿Qué me dices de él, Jesús? ¿No hubo una invitación personal para él? ¿Una palabra oportuna de persuasión?

¿No era que el pastor dejaba a las noventa y nueve para salir en busca de la perdida? ¿No fue que la dueña de casa barrió hasta que encontró la moneda perdida? Sí, el pastor lo hace, la dueña de casa también, pero el padre del hijo pródigo, recuerda, no hace nada.

La oveja se perdió inocentemente.

La moneda se perdió irresponsablemente.

Pero el hijo pródigo se fue intencionalmente.

El padre lo dejó decidir. A los dos criminales, Jesús les dio la misma oportunidad.

(CONTINÚA…)

Extracto del  libro “El Escogió los Clavos”

Por Max Lucado

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