Doctrina Bíblica – Predestinación

 

Dios Tiene un Propósito

Pasaje clave: Malaquías 1:2-3

Los cuarenta y tantos escritores que produjeron los 66 libros de las Escrituras a lo largo de unos 1500 años, se veían a sí mismos y veían a sus lectores como metidos dentro del cumplimiento del sobera­no propósito de Dios con respecto a este mundo; el propósito que lo llevó a crear, que el pecado interrumpió más tarde, y que su obra redentora está restaurando en la actualidad. En esencia, ese propósito era y es una interminable expresión y disfrute de amor entre Él y sus criaturas racionales, un amor manifestado en la ado­ración, alabanza, acción de gracias, honra, gloria y servicio que esas criaturas le dan a El, y en la intimidad, los privilegios, los gozos y los dones que Él les da a ellas.

Los escritores contemplan lo que ya ha sido hecho para hacer avanzar el plan redentor de Dios a favor del planeta tierra, dañado por el pecado, y miran con esperanza al día en que ese plan quedará realizado por completo, cuando el planeta tierra sea vuelto recrear en una gloria imposible de imaginar (Isaías 65:17-25; 2 Pedro 3:10-13; Apocalipsis 21:1-22:5). Proclaman a Dios como el omnipotente Creador-Redentor y abundan constantemente en las multifacéticas obras de gracia que Dios realiza en la historia a fin de asegurarse un pueblo para si, una gran compañía de seres humanos reunidos, con los cuales se pueda realizar su propósito original de dar y recibir amor.

Estos escritores insisten en que Dios ha demostrado tener un control ab­soluto en cuanto a llevar su plan hasta el punto en que se encuentra en el momento de escribir ellos, por lo que seguirá manteniendo ese control absoluto, realizándolo todo según su propia voluntad, completando así su proyecto redentor. Las preguntas acerca de la predestinación deben ser planteadas dentro de este marco de referencia (Efesios 1:9-14; 2:4-10; 3:8-11; 4:11-16).

Se utiliza la palabra “predestinación” para hablar de que Dios ha dispuesto de antemano todos los sucesos de la historia mundial pasada, presente y futura, y este uso es muy adecuado. Con todo, en las Escrituras y en las comentes principales de la teología, la palabra «predestinación» significa concretamente la decisión toma­da por Dios en la eternidad, antes de que existieran el mundo y sus habitantes, con respecto al destino definiti­vo de cada pecador. De hecho, el Nuevo Testamento utiliza las palabras “predestinación” y “elección” (las dos significan lo mismo), sólo para referirse al hecho de que Dios escoge a los pecadores en particular para la sal­vación y la vida eterna (Romanos 8:29; Efesios 1:4-5, 11).

No obstante, muchos han señalado que las Escritu­ras también le adjudican a Dios una decisión por adelantado con respecto a aquellos que al final no serán sal­vos (Romanos 9:6-29; 1 Pedro 2:8; Judas 4), y así es como se ha convertido en algo usual dentro de la teología protestante el definir la predestinación como una decisión de Dios que incluye tanto su decisión de salvar a algunos del pecado (elección), como su decisión de condenar al resto por su pecado (reprobación), ambas cosas juntas.

A la pregunta sobre la base en que se apoya Dios para escoger a los que van a ser salvos, se contesta a veces diciendo: sobre la base de su presciencia de que, cuando se encuentren con el Evangelio, van a escoger a Cristo como Salvador. En esa contestación, la presciencia significa un conocimiento previo pasivo por parte de Dios, con respecto a lo que van a hacer las personas, sin que sea Él quien determine de antemano su acción. Sin em­bargo:

A. Conocer antes, en Romanos 8:29; 11:2 (cf. 1 Pedro 1:2 y 1:20, donde algunas versiones traducen el texto griego como «escoger») significa «amar antes» y «designar antes»: no se expresa aquí la idea de que un espectador sepa de antemano lo que va a suceder de manera espontánea.

B. Puesto que todos están muertos en el pecado por naturaleza (es decir, cortados de la vida de Dios e in­capaces de reaccionar ante El), nadie que escuche el Evangelio llegará jamás al arrepentimiento y la fe sin un impulso interno que sólo Dios puede impartir (Efesios 2:4-10). Jesús dijo: “Ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado por el Padre” (Juan 6:65. cf. 44; 10:25-28). Los pecadores escogen a Cristo, sólo porque Dios los escogió a ellos para esta decisión, y los movió a ella, renovando su corazón.

Aunque todos los humanos son libres, en el sentido de que es el propio ser humano quien toma sus decisiones, ninguno de ellos se halla fuera del control de Dios, de acuerdo con sus propósitos eternos y lo dis­puesto por El de antemano. Por consiguiente, los cristianos le deben dar gracias a Dios por su conversión, pedirle que los mantenga en la gracia a la cual los ha traído, y esperar seguros su triunfo final, de acuerdo con lo dispuesto en su plan.

Extracto del libro “Teología Concisa”

Por J.I. Packer

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