1 Co.7:23. Ustedes fueron comprados por un precio; no se vuelvan esclavos de nadie.

Pablo está hablando del efecto del encuentro con Cristo sobre las diferentes condiciones sociales y hablando de la esclavitud le aflora este pensamiento: Lo que Dios hizo en tu vida fue liberarte, no vivas como esclavo de nadie.

Quizás, en nuestro contexto del siglo XXI sea muy difícil comprender la esclavitud, no porque no exista sino porque está disfrazada de diferentes maneras… pero en el primer siglo la esclavitud era socialmente aceptada. Un esclavo no era dueño de tiempo, de su vida, de su ropa, de su familia. Otro, su amo, era el dueño absoluto de él. Pablo reflexiona que si has sido liberado por Cristo no puedes vivir como esclavo de nadie. No está hablando de la esclavitud como segmentación de castas, acaba de decir: “si eres esclavo, no te vuelva loco hacerte libre, aunque si puedes lograrlo mejor” (versión Cattaneo). Pablo está hablando de una condición espiritual a la que debemos aspirar.

No permitas que nada te esclavice. No permitas que nada gobierne tu vida habiendo sido comprado por Dios. No puedo dejar que nada se vuelva dueño de mi vida porque ya no me pertenezco… he sido comprado por un precio.

El concepto maravilloso de nivelación del cristianismo es que tanto el libre como el esclavo fueron comprados por la muerte expiatoria de Jesús y por lo tanto, los libres y los esclavos ya no somos dueños de nuestra vida, ningún hombre es dueño de nuestra vida… tenemos un solo Amo y una sola condición: propiedad de Dios. Esto arrasa las segmentaciones humanas, la cuestiones de autonomía del hombre. Es tan gloriosa esa condición que nos libera mientras nos sujeta a un compromiso de servicio a Dios.

Si somos propiedad de Dios estamos para su servicio y nada debería estar por encima de las demandas de Dios. Si Dios dice algo lo debo obedecer. Anteponer a la voluntad de Dios cualquier excusa surgida de mi agenda, mis relaciones interpersonales u otro ítem es hacerme esclavo de aquello de lo que se me liberó.

Pensemos en el joven rico… la demanda de Jesús no necesita ser analizada como buena o mala, eso no es importante, el vender o quedarse con la riqueza no es un tema central. Jesús como dueño puede pedir una cosa u otra, lo neurálgico aquí es que el joven no quiere ser libre, renuncia a ser obediente y por ende se vuelve esclavo de aquello que posee.

Pensemos en Pedro, Andrés y los otros. La demanda es sencilla: Sígueme. Y la respuesta lo es más aún: Y dejándolo todo le siguieron. La demanda de Jesús no es analizada, es obedecida y en la obediencia se determina la libertad de estos pescadores… ya no son esclavos de nadie.

¿Cuál es mi respuesta a las demandas de Jesús? ¿Quién es el dueño de mi tiempo, de mis recursos, mi descanso? En estos días escuche a uno decir: Estoy haciendo mucho para Dios… ¿Cuánto es mucho? Y si Dios lo demandó ¿es esa una acusación a Dios? Y si Dios no lo demandó… ¿por qué lo hiciste? ¿Para agradar a un hombre? Entonces perdiste tu condición de libre y te has vuelto esclavo de alguien….

Como vemos esto nos simplifica la existencia… conozco gente que con fiebre va a trabajar y nunca llega tarde a sus empleos (o servidumbres) pero cuando de servicio a Dios se trata argumenta que “Dios va a entender”. Si, Dios va entender quién es el verdadero amo y quien se lleva la fidelidad.

Hoy es un día para analizar la veracidad de Ro.14:7-8 en lo personal:

“Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. De manera que, tanto en la vida como en la muerte, del Señor somos.”

¿Realmente es así? ¿Es mi obediencia absoluta? ¿Quién me ordena la agenda? ¿A quién me desvela agradar? ¿Qué es lo más importante en mi vida? No respondamos de memoria… analiza el día de ayer, no fue domingo… fue lunes… ¿qué lugar ocupo Dios en tu día? Si la respuesta no es satisfactoria, recuerda que fuiste comprado por precio… no te vuelvas esclavo de nadie.

Señor, en esta madrugada yo me humillo ante tu gobierno, no quiero obedecer a otro Señor más que a vos. No quiero aún mandarme a mí mismo, no soy un buen amo. Hoy vengo a agradecerte la libertad que me compraste y a rogarte que no la reduzca a una esclavitud de religión, de hombres o de conveniencia. Ya no soy mío, ayúdame a obedecerte sencillamente para poder vivir en libertad. Te amo, Jesús. Amén.

Por Daniel Cattaneo

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