ES COSA DE GRANDES RECONOCER CUANDO HEMOS COMETIDO UN ERROR.

Una de las más grandes lecciones que me pudo dar mi papá fue en lo referente a la humildad. Nos enseñó el principio de que si cometemos algún error, busquemos corregirlo mediante la petición de perdón y la búsqueda de la restitución. La siguiente experiencia relata a la perfección lo que digo. En cierta ocasión, él me corrigió por algo que yo no había hecho. Tendría unos diez años de edad y le había insistido en que yo no había sido quien había perpetuado el «crimen» que requeriría una disciplina. Él no me creyó y me disciplinó con la vara de todos modos. Cuando estábamos terminando me preguntó: «Marcos, ¿entiendes bien por qué te discipliné?», que era lo que siempre preguntaba a la hora de terminar una disciplina corporal. Le contesté llorando: «No, papá. No fui yo. Me disciplinaste equivocadamente». Esto lo hizo recapacitar porque normalmente siempre decíamos que no habíamos hecho esto o aquello antes de la disciplina, pero una vez recibida, ya no había motivo para esconder nada y aceptábamos que sí habíamos cometido el error. Pero cuando mi papá se dio cuenta de que yo, aun después de recibir la disciplina, insistía en que me había disciplinado mal, entró a recapacitar, y esto lo instó a investigar más a fondo las circunstancias alrededor del «delito» que suponía yo había cometido.

Esa investigación requirió que se subiera a su camioneta y cruzara toda la ciudad a hablar con otra persona que corroboró mi versión de los acontecimientos. Cuando volvió, después de un par de horas, me fue a buscar y lo que hizo a continuación marcó mi vida para siempre. Al verme, se arrodilló ante mí. No olvide: yo tenía diez años de edad y este caballero y hombre de Dios estaba arrodillado ante mí. El impacto de ese momento no se me ha borrado hasta la fecha, muchas décadas después. Me tomó de una mano y me pidió perdón. Este gran hombre me acababa de mostrar una de las más grandes lecciones de liderazgo que un niño jamás pudo haber recibido: la humildad. Es cosa de grandes reconocer cuando hemos cometido un error. Ese día me pidió perdón una y otra vez. Me dijo que si hubiera manera de quitarme los cintarazos que me había dado lo haría, pero ante la imposibilidad de eso, me pedía que lo perdonara. Nunca olvido la sinceridad en su mirada al decirme esas palabras. El solo pensarlo, hasta el día de hoy, trae lágrimas a mis ojos.

Esa es la clase de relación y sinceridad que debe existir entre el pastor y sus ovejas para que haya disciplina balanceada. Nunca dudé de las motivaciones de mi papá cuando me disciplinaba. Muchas veces no me gustó la disciplina que empleó, pero nunca dudé de sus motivaciones. Él fue un ejemplo vivo del versículo que dice: «Porque el Señor disciplina a los que ama» (Hebreos 12.6, NVI). Mi papá me amaba, por lo tanto, me disciplinaba. La palabra original que se utiliza donde leemos disciplina en este verso es la palabra paideia que simplemente significa «instruir». De nuevo, la disciplina debe ser para instruir. De no ser así, no produce aliento. Si no produce aliento, no es disciplina bíblica. Punto y aparte.

Extracto del libro “Los 8 Hábitos de los Mejores Líderes”

Por Marcos Witt

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