cableado-espiritualPredicaciones – Cableado Espiritual 4

 

Continuemos.

Habrá algunos circuitos que te serán útiles hoy pero que mañana ya no te servirán, por eso necesitás expandirte más y más. Cuando Moisés iba caminando vio una zarza ardiendo y se preguntó sorprendido: «¿Qué es eso?». Tras hacerse ese cuestionamiento Dios le habló desde la zarza. Leí un comentario rabínico al respecto que explica el motivo por el cual el Señor le habló a Moisés desde allí. La conclusión a la que llegó el comentarista es: «Cada vez que cuides a una oveja o hagas algo por alguien vas a ver a Dios hablándote». ¡Dios estaba ampliando el cableado de Moisés!

¿Sabés quién fue la persona que hizo los instrumentos, el altar del pacto y demás elementos que había en el tabernáculo que Dios le mandó construir a Moisés? Betzael, un chico de tan solo trece años de edad. Él fue el encargado de hacer todos los objetos sagrados del tabernáculo porque Moisés tenía que incorporar en su circuito a los jóvenes. Hay mucha gente que no tiene ese circuito y hace todo sin pedir ayuda a otras personas porque no ampliaron el cableado. Moisés ya era anciano pero decidió no quejarse ni quedarse dentro del mismo circuito sino que le pidió ayuda a este joven. Él podía haber hecho el tabernáculo por sí mismo, pero Dios le dijo que tenía que solicitar ayuda y así puso en Moisés un nuevo punto en su circuito. Dios te va a cambiar el cableado y te lo va a expandir todos los días hasta que Cristo venga.

Los neurólogos descubrieron un fenómeno que se conoce como neuroplasticidad mediante el cual cada vez que aprendés algo, tu cerebro cambia. Resultó ser errónea la frase que dice: «El saber no ocupa lugar», dado que el conocimiento no solo ocupa determinado espacio, sino que además te cambia el cerebro. Quizás hoy tengas que cambiar el cerebro e incorporar a tu circuito la prosperidad o la idea de que la bendición también puede venir de parte de gente malvada.

Dios está con vos, saldrás de tu Egipto con oro, tendrás vestido, placeres y vas a necesitar pedir ayuda porque no podés hacer todo vos solo. Habrá gente joven preparada para ayudarte a hacer tu tabernáculo. «Deléitate en el Señor y Él te dará los deseos de tu corazón».

Deseo que seas prosperado, que avances, que seas un gran líder y que tengas salud. Deseo que camines en victoria, que en tu casa reine el amor, la paz y el gozo. Enfocate en la meta, no en las actividades. ¡Lo vas a lograr! Eliminá las excusas, dejá de hablar de lo que hiciste y de lamentar lo que no hiciste. Decile a Dios: «Señor, te pido que guardes mi espíritu y pongas circuitos nuevos. Dame una fe renovada, nuevas promesas y conexiones. Que se seque todo en lo que me está yendo mal y que venga todo lo nuevo, lo bueno, lo puro, lo que es de alabanza y esté en mi corazón». Declaro un tiempo de expansión y de sueños cumplidos. Lo que pises será tuyo, lo que toques tendrá vida, lo que hables avanzará y todo lo que hagas te saldrá bien.

Dice esta frase cuyo autor se desconoce:

La piedra en el camino

El distraído tropezó con ella
El violento la utilizó como proyectil
El emprendedor, construyó con ella
El campesino, cansado, la utilizó de asiento
Para los niños, fue un juguete
Drummond la poetizó
David, mató a Goliat
Y Miguel Ángel le sacó la más bella escultura

¡En todos estos casos, la diferencia no estuvo en la piedra sino en el hombre!

No existe «piedra» en tu camino que no puedas aprovechar para tu propio crecimiento.

¿Qué vas a hacer con tus piedras? Expandite, animate a intentar nuevos caminos y a preguntarle al que tiene el circuito más grande que el tuyo. Ahí donde no pudiste hablar expresarás palabras de Dios que nunca estuvieron en tu metro cuadrado.

Un hijo de Dios es como la ficha de un juego de damas: al principio solo puede moverse un casillero por jugada. Sin embargo, cuando llega al otro extremo del tablero puede saltar espacios y moverse con mayor libertad. Del mismo modo, cuando llegues a tu sueño Dios te va a hacer saltar y volar, pero mientras tanto, jugada a jugada, Él expandirá tu mente y ensanchará tu corazón. Amén.

Por Bernardo Stamateas

 

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