Sectas – El Principio de lo Verdadero y lo Falso 3

 

Continuemos.

B. Este Jesús aprendió su poder y su doctrina de los Lamas en Cachemira en donde dicen que vivió toda su juventud hasta los 30 años en que comenzó su vida pública. Allí se le conocía como el «Profeta Issá» y ahí fue también donde, tras sobrevivir a los latigazos, al enorme e inhumano castigo y a la crucifixión misma que padeció en Jerusalén regresó a morir en una gloriosa ancianidad.

No deja de ser curioso que todos los avatares hablen de la reencarnación; del crecimiento del ser de vida en vida hasta alcanzar el Nirvana; de que se puede llegar a Dios por medio del autoperfeccionamiento del mismo y de la unión de nuestra energía con la del universo por medio de la meditación trascendental. Ni este «Seudo-Jesús», ni ninguno de los demás avatares menciona la existencia del mal como un adversario personal, ni de la muerte como consecuencia del pecado.

A diferencia de éstos, el Jesucristo de la Biblia nos dice que Él es la resurrección y el redentor de nuestros pecados. Él hablaba lo que oía de Su Padre en los cielos. Él no predicaba una moral universal ni una filosofía de conocimiento cósmico. La Biblia dice: «El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo, no tiene la vida (1 Juan 5:12).

En el Evangelio según San Marcos vemos cómo la gente de su tierra se admiraba de su doctrina y de sus hechos. «¿De dónde tiene éste estos cosas? ¿Y qué sabiduría es ésta que le es dada y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacob y de José, de Judas y de Simón?…» (Marcos 6:2-3).

Si Jesús realmente hubiera estado aprendiendo su doctrina de los monjes tibetanos, la gente hubiera dicho algo así como: ¿No es éste el que regresó de lejanas tierras donde fue a aprender esta sabiduría? Sin embargo lo que extrañaba a la gente era que un carpintero pudiera hablar tales cosas. Ciertamente hay un contraste abismal entre un Jesús y el otro.

Jesucristo, el verdadero hijo de Dios, fue anunciado por cerca de 30 profetas y reyes durante casi 4000 años antes de su venida. Nació, fue engendrado sobrenaturalmente, y murió y resucitó como prueba de que lo que habló era verdad. Todos los demás, por más iluminados que el mundo les quiera llamar, están en la tumba. Así que, cuando se menciona a Jesús o a Jesucristo en las logias masónicas, podemos estar seguros de que no se está hablando del Hijo de Dios sino del Avatar de Oriente. Y no tiene nada que ver el uno con el otro.

Veamos en la práctica como se falsifica una verdad para hacer tragar el anzuelo a los que se dejan llevar por oír las palabras «Dios» o «Jesucristo». Desgraciadamente para muchos, estos nombres son la única garantía que piden delante de sus conciencias, para dejar que penetre una doctrina en su corazón.

Tomemos un claro ejemplo del Manual del Aprendiz, en el que Lavagnini expresa lo siguiente: «Es pues, de importancia esencial que escojamos muy cuidadosamente lo que pensamos y lo que decimos, pues detrás de cada palabra está aquel mismo Poder del Verbo que se encuentra en el principio de toda cosa: Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin él nada de lo que es existiría. Afirmar el bien, negar el mal; afirmar la verdad, negar el error, afirmar la realidad, negar la ilusión: he aquí en síntesis como debe usarse la Palabra. Como ejemplo damos una afirmación característica que debe leerse y repetirse individualmente, en íntimo secreto, y a semejanza de la cual muchas pueden formularse: “Existe una sola realidad y un sólo poder en el universo: Dios, el principio, la Realidad y el poder del Bien, Omnipresente y Omnipotente. En consecuencia nada hay que temer fuera del mismo temor: como no existe ningún principio del Mal, este no tiene realidad y poder verdaderos, es sólo una imagen ilusoria que debe reconocerse como tal para que desaparezca. Por consiguiente el Mal no puede tener sobre mí y sobre mi vida poder alguno si yo mismo no le reconozco y confiero temporalmente realidad y poder: es un dios falso que se antepone al verdadero Dios, que es bien infinito, una sombra ilusoria que impide que resplandezca la verdadera Luz».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “GADU: Gran Arquitecto Del Universo”

Por Ana Méndez Ferrel

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