Predicaciones – Los Pecados de la Iglesia Hispanoamericana 1

 

«Alberto, por favor, dígale a los pastores que no me regalen más Biblias», me dijo Carlos Salinas de Gortari, el entonces Presidente de México, «ya me regalaron más de doscientas sesenta Biblias».

A través de toda la América Latina nuestro complejo de minoría y de Iglesia discriminada nos llevó a utilizar cada oportunidad, por cierto muy pocas, de encuentros con gober­nantes para hacerles sentir «los buenos muchachos que éra­mos». Nos preocupaba que conocieran que estábamos hacien­do obras sociales y que las conversiones de la gente del pueblo provocaban en la sociedad el efecto de cambio más extraor­dinario. Todo esto nos llevó a un acercamiento con las autoridades en el nivel de las relaciones públicas. Sonrisas, apretones de manos, regalo de Biblias, una que otra oración en el despacho de ellos, fue el estilo más o menos regular que los líderes cristianos practicaron en toda la América Latina.

Muchas veces me pregunto: ¿Dónde están los hombres de hoy con el espíritu de los profetas de ayer? Nunca olvidaré esta experiencia en Venezuela, un país que amamos tanto. El porcentaje de evangélicos en su capital, Caracas, es uno de los más bajos del continente.

Cuando celebramos nuestro desayuno gubernamental allí, el Opus Dei vino en nuestra contra. Llamó a uno por uno de los diputados y senadores de todos los partidos políticos, tratando de detenerlos para que no asistieran. Sin embargo, la respuesta fue extraordinaria. Los 500 líderes nacio­nales de los diferentes niveles del gobierno que se congrega­ron aquella mañana en un elegante hotel de la capital provo­caron el asombro del muy pequeñito grupo de líderes cristianos que estaba presente.

«Teniendo en cuenta que nuestro país es nominalmente católico, pero básicamente secular y ajeno a lo espiritual, la asistencia al acto representó a todos los sectores de la socie­dad y de la dirigencia de la nación. Jamás soñé que asistiría la clase de gente que asistió al evento», dijo el Dr. Samuel Olson.

Cuando realicé mi intervención, hice una diagnosis de los pecados de nuestra cultura y traté de interpretar de dónde vienen los patrones de comportamiento del ser humano lati­noamericano: abusar del más débil, faltar el respeto al voto matrimonial y no acatar la ley. Hablé descarnadamente de la corrupción institucionalizada en la América Latina e hice un claro llamado de aceptar a Jesucristo como Salvador y Señor, insistiendo en que todo líder debe tener una vida profesional y pública caracterizada por la integridad.

Tiempo más tarde supe que una finísima cristiana que fue una de las organizadoras de la actividad se molestó porque traté ese tema. Confieso que me preocupé si la herí a ella dado que jamás mi intención sería maltratar a alguien. Además, esta bellísima persona fue un elemento clave del éxito de aquella mañana. Pero acontecimientos que se sucedieron me confirmaron que no me había equivocado al tocar la llaga inmunda de la corrupción. ¡Me volvió la paz!

En una de las mesas estaba un sobrino del entonces presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez. Cuando estaba hablando acerca de la corrupción de los líderes y la vida disipada de muchos de ellos, el sobrino del presidente, en voz baja pero lo bastante alta como para que todos los que estaban en la misma mesa lo oyeran, exclamó: «Menos mal que mi tío no vino esta mañana». Poco tiempo después al depuesto presidente lo enjuiciaron públicamente por actos de corrupción.

La esposa de uno de los líderes más famosos del mundo empresarial de Caracas dijo: «Qué valiente Mottesi al decir con la Palabra de Dios lo que todos sabemos, pero nadie se atreve a hablar tan descarnadamente en un contexto así».

No es que quiera resaltar lo que otros han dicho de nosotros, pero la siguiente declaración del Dr. Pedro Moreno, brillante abogado boliviano, me confirmó y aumentó la paz en medio de esa situación: Alberto Mottesi tiene un mensaje nuevo para la sociedad lati­noamericana, sobre todo para los líderes de estas tierras de América. Este mensaje nos muestra claramente que somos cul­pables, debido a nuestros pecados, de la situación de pobreza, atraso y disolución social que caracteriza a nuestra sociedad. Nos desafía a asumir nuestra responsabilidad por los males que nos afectan, recreando un nuevo hombre en Cristo Jesús. Por fin, alguien puso los puntos sobre las íes en una sociedad acostum­brada a culpar a los demás por sus males sociales. La responsa­bilidad nuestra no es la única, pero sí la primordial.

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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