Predicaciones – Su Trato Íntimo Con Nosotros 1

 

«Aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor»  (Filipenses 3.8).

El automóvil de la familia había sufrido un pequeño accidente. La lastimadura en la puerta era pequeña, pero como no quería que se viera mal, lo llevé al taller de reparaciones. Me habían dicho que el dueño del taller era un latino que trabajaba muy bien. Mientras terminábamos de ajustar los detalles de la reparación, él me preguntó: ¿En qué trabajas?

—Soy un predicador del evangelio —le contesté

—Ese es un buen negocio —agregó inmediatamente.

Le dije que yo era un misionero y que estaba muy lejos de grandes alcances económicos. Traté de explicarle lo que se gana en el ministerio. Pero insistió: De todas maneras, ese es un buen negocio. Sentí que me sonrojaba. ¡Qué vergüenza! Cómo era posible que una vocación tan santa, una profesión tan altruista, pudiera tergiversarse tanto que algunos la miraran como un gran negocio. No lo entendí entonces, ni tampoco lo entiendo ahora. ¡Cómo se ha infiltrado el espíritu del mundo en este aspecto de la vida del pueblo de Dios!

Lamentablemente desde afuera algunos ven el ministerio de esta manera, como una profesión para enriquecerse y, desde adentro, algunos actúan como si eso fuera verdad. Joven amado si vas a entrar al ministerio para hacerte rico no lo hagas. Te equivocaste de profesión, te equivocaste de llama­do ¡Esa voz que oíste no fue la voz de Dios!

 

Ni Una Piedra Para Recostar la Cabeza.

Hubo una vez un joven, inquieto con deseos de participar en los asuntos del Reino de Dios. Había visto a Jesús resucitar a los muertos, sanar a los enfermos decir las más bellas y profundas palabras que jamás se podrían decir. Lo oyó hablar del Reino que estaba establecien­do en la tierra, y entendió que Jesús iba para Jerusalén. Él se ofreció de voluntario: «Señor, te seguiré adon­dequiera que vayas». Uno debe suponer que si Jesús andaba buscando a los seres humanos para que se arrepintieran y lo siguieran si quería discípulos, debió haberle contestado al muchacho: «Claro, muchacho, ¡qué bien!, te felicito, has hecho la selección perfecta. Ven, únete al gruño de los que ya me siguen y vamos conmigo a Jerusalén, allá te esperan grandes cosas”. Pero le dijo: las zorras viven en guaridas, y las aves de los cielos nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza.

Me imagino la escena. Jesús detiene el paso, mira fijamen­te al muchacho, y señala entre los riscos una cueva donde viven las zorras. Levanta la vista hacia un árbol cercano y apunta hacia un nido donde hay unos pájaros. Luego extiende sus manos vacías de bienes materiales y se las muestra al joven a la vez que le dice que Él ni siquiera tiene una almohada donde recostar la cabeza.

¿Por qué le dio esa respuesta que no parece acorde con el ofrecimiento voluntario de aquel muchacho? ¿Qué tiene que ver que el Maestro no tenga almohada con la oferta voluntaria de un muchacho que quiere ser su discípulo? ¿Qué armonía existe entre el hecho de querer ser un discípulo de Cristo, y que el Maestro no tenga ni siquiera una almohada? Porque Él conoce el corazón del hombre, «no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre» (Juan 2.25). Segura­mente aquel muchacho había gastado largas horas razonan­do así: «Jesús va para la ciudad de Jerusalén a establecer su Reino No tengo dudas de que Él es el Mesías. Si lo sigo desde ahora, tengo buenas posibilidades económicas. Me dará un buen puesto en el gobierno, con autoridad, con beneficios sociales, buen retiro, y ¡hecho! Estaré trabajando en el mismo centro de donde se toman todas las decisiones.»

¡Qué desengaño el que sufrió este muchacho y todos los que quieren lucrar con el evangelio! La implicación de la respuesta del Señor fue esta: «Muchacho, si me vas a seguir por lo que yo te puedo dar, te equivocaste de Maestro. ¡No tengo ni almohada para mí mismo! Dependo en todo de la provisión de mi Padre Celestial. No me sigas por lo que tengo o te doy. Ni busco ni acepto seguidores sobre esa base. Sígueme por lo que soy».

(CONTINÚA…)

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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