Predicaciones – Su Trato Íntimo Con Nosotros 5

 

Continuemos.

En el verso cuatro David dice: «Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro». Desde luego, Dios no tiene alas ni plumas. El salmista nos habla en sentido figu­rado del carácter paternal, del espíritu protector de Dios… Puedo testificar que en cada situación de nuestra vida, personal, ministerial, familiar, económica, anímica espiri­tual, en que hemos sido atacados por el enemigo de Dios y de las almas, no solo hemos sabido pelear la buena batalla con toda la armadura de Dios, sino qué con la ingenuidad de niños hemos corrido a refugiarnos bajo las alas de nuestro Padre Eterno. Nuestra seguridad y nuestra fe se basa en la promesa de Dios: «Ninguna arma forjada contra ti prosperara; y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová» (Isaías 54.17).

 

El Dios Que No Falla.

Una noche de invierno, bajo un tremendo frío, un joven que vi crecer desde que tenía tres años de edad y su hermano mayor salieron a pasear. Después de pasar un tiempo sano con sus amigos, salieron de regreso a su casa. Eran cerca de las once de la noche. Tenían un automóvil pequeño sin calefacción, en el que apenas podían llevar cuatro pasajeros. En su casa, sus padres miraban un programa de televisión. De pronto, mi amigo, el padre, dijo a su esposa: Querida, dejemos esto, vamos a orar. El Señor acaba de decirme al corazón que debemos interceder por nuestros hijos. Algo grave está a punto de ocurrirles.

Ambos se pusieron de rodillas, unánimes elevaron su voz al cielo: «Señor tú eres soberano. Hay cosas que no podemos evitar, que solo pertenecen a tu voluntad perfecta. No te pedimos que evites lo que ya previamente has determi­nado, pero sí que protejas a nuestros hijos. Guárdalos para ti Señor».

Pasó un buen lapso de tiempo, al cabo del cual mis amigos recibieron una llamada telefónica. Corrieron hacia el aparato, como si esperaran algo. Desde el otro lado de la bocina, una voz dijo: ¡Papá, mamá, no se asusten, no es nada grave! ¡A Juan Pablo le acaban de dar un balazo…!

La conversación siguió para hacer las averiguaciones per­tinentes, y nuestro amigo, como es normal, salió disparado para el hospital. Una vez allá, el médico le dijo que la bala había entrado por el antebrazo izquierdo, había dado en el hueso y se había desviado hacia afuera para ir a incrustarse en la puerta del carro. «Juampy», como cariñosamente llaman al muchacho, a pesar del Intenso frío del invierno, había bajado la ventanilla del auto, y sacado el brazo izquierdo mientras conducía con la mano derecha. En ese momento, un carro que conducía un muchacho oriental se les puso al lado. Todo lo que oyeron fue la detonación de un revólver. Juampy rápidamente condujo el automóvil hacia un lado de la carre­tera, y dijo a su hermano: Me dieron un balazo.

Ya en el hospital, el médico dijo: Esa bala iba dirigida al corazón del muchacho. Lo que lo salvó fue el hecho de que llevaba el brazo afuera. ¡No entiendo por qué lo llevaba afuera, si hacía tanto frío!

El padre de Juampy se dijo: «Yo sí lo entiendo. El Señor dijo: «No te sobrevendrá mal, ni plaga tocará tu morada. Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos» (Salmo 91.10-11).

Cuando somos obedientes a la voz de Dios, y lo hacemos a Él «nuestra esperanza y nuestro castillo», Él se agrada, toma las riendas de nuestra vida y nuestras circunstancias, toma el control de su Obra, y se convierte en nuestro protector.

Extracto del libro “El Poder de su Presencia”

Por Alberto Mottesi

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